El arte de la métrica intratable

 

de

 

José María Torres Morenilla

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

1

Poesía y prosa

 

Soy poeta de la brevedad y del silencio, del no decir y cuando digo callo. El mundo quiere hablar, hacernos a su imagen, mas ese juego en mí es la soledad. De la vida, pienso, nos hace sufrir y siempre hay un sentimiento de que el sufrimiento era evitable, la propia vida es evitable desde que nacemos al último día, que siempre estuvo cerca. Cuando uno muere se queda en paz, aunque podamos irnos con cara de pocos amigos, la verdad se da toda de una vez, para la eternidad y nos deja fríos, muy fríos, con esa frialdad que siempre estuvo cerca aún a pleno sol. El mundo ha sido nuestra estancia. Ruidoso, elemental, poquita cosa. Nos hicieron sufrir desde que nacimos y nos callaron del todo a un solo golpe. Solamente los escritores seguimos cuchicheando en la voz queda de los libros, con la dulzura de los merengues en los escaparates, pura ficción, puro arte.

 

Yo soy poeta y me lo creo y cada día me meto en esa prisión dorada de la poesía, aunque hace tiempo quedó desteñida la pátina dorada y se parece más a un ejercicio de prosa, de la vida corriente, de las cosas corrientes, de las gentes que solo saben amar cuando suspiran y solo saben gozar cuando causan sufrimiento. Empecé jugando y acabé por tener a la poesía como un refugio donde soltar el súbito golpe de sentimientos; una necesidad para mí solo. Lo de escritor es más antiguo y como más verdadero, más auténtico, es otra necesidad, tener amigos, hablar, pasar las horas en las mesas de los cafés que tanto gusta a los jóvenes, reír, tener ocurrencias, sentir el tenue aleteo de los rostros amigos, el calorcillo que desprende la amistad, que nos ayuda a acumular, y a sumar más y más amigos. Soy meridianamente sociable, como andaluz me gusta el sol y los amigos, la charla y las risas, las risotadas, cuanto más fuertes más equilibrantes y compensatorias. Yo he nacido para hablar, para cantar, para hacer ruido de alguna manera.

 

La prosa es la mejor manera de hablar, la única que es capaz de recoger nuestros cuerpos doloridos por la vida, y sanar nuestra heridas. Mientras que la poesía es llaga dolorosa, belleza inalcanzable, lenguaje de un dios oculto capaz de unir y mezclar sin dudar, directamente, el corazón de las cosas, el lenguaje intratable. La poesía es una manera de decir que se vive en otro mundo, inalcanzable al poeta incluso pues lo mismo que hay quienes balbucean y son incapaces de articular palabras correctamente, los poetas, contrariamente, por las comisuras de los labios farfullan exquisiteces del lenguaje sublime.

Hecho


2

Los sueños

 

En ese sueño yo estaba otra vez en mi vieja oficina. Desde que dejé mi trabajo yo vuelvo en sueños a mi oficina que no cambia sus grandes espacios, los techos tan altos, la inadecuada arquitectura de unas habitaciones ideadas en principio para los equipos grandiosos de una central de Teléfonos que reconvirtieron en un Departamento de Contabilidad luego. No son exactamente iguales las oficinas de mis sueños, pero son también grandes, pocos iluminadas, con gentes muy iguales, en soledad, en el frío de sus miradas, en los personajes más o menos parecidos a mis antiguos jefes. Yo cumplía mi labor en el sueño, aunque me dije: cuánto tiempo hace que no clasifico los comprobantes; joder, no me he dado cuenta que llevo meses sin clasificar, que me han cambiado el trabajo que siempre hice. Aquellas mujeres de las oficinas. Sin sexo, de las que no tienen peso y son oscuras.

 

El sueño seguía que había llegado la hora del café y yo dejaba mis tareas y me dirigía a la sala comunal. En la sala había algunas mesas y sillas ocupadas por los teóricos compañeros, que estaban a sus cosas, hablando entre ellos. Algunos venían como de una ventanilla, de una cola con tres o cuatro oficinistas, tras de la cual como una gente familiar de unas dos mujeres, un hombre y un niño que metía sus manos para sacar aceitunas negras de un gran bidón abierto, mientras las mujeres sacaban bollos que daban a los que me precedían en la cola y el hombre desaparecía en la trastienda. Seguía el rollo del murmullo de los que estaban sentados, desperdigados en grandes mesas, a lo suyo y yo esperaba que me dieran mi café aquella familia. Esperé tanto y no me servían, que pregunté ¿Tienen café? como me contestaron con evasivas entendí que no tenían café o que tardarían mucho en hacerlo, seguramente en alguna olla enorme, a la vieja usanza de los colegios o del ejército. Y nos fuimos algunos  de la cola a la calle, a tomar nuestro café, en un café de verdad.

 

Pero me pasó como siempre que salgo en sueños de la oficina: estoy en una calle irreconocible, larga, estrecha, que se contorsiona y no deja ver el final. Yo salí solo, mientras que otros lo hicieron en grupitos. En esta soledad llegué a un café de esquina, como la quilla de un barco, con grandes cristaleras, si se le puede llamar grandes a los cafés madrileños de los barrios. Era un café de barrio llevado por dos señoras mayores y otra que debía de ser la madre de ellas,  una anciana de unos noventa años también detrás del mostrador y haciendo faenas con sus delgados brazos. Tampoco obtuve éxito aquí. Es más, les pedí unos churros y una de las señoras puso una excusa totalmente esquiva, como las excusas que dan nuestros políticos sobre temas clarísimos y que ellos oscurecen con palabrería ininteligible. Entendí que no me darían mi café y mis churros y otra vez en la calle; en las calles porque se bifurcaba en dos al menos, una como por delante y otra por detrás, una al arrabal y otra más cívica con más probabilidad de que hubiera bares y cafeterías. Había pasado mucho tiempo, como siempre me pasa cuando salgo de mi oficina en sueños, yo sentía la obligación de volver y justificar mi salida. Recorrí las dos calles sin encontrar mi café. Llegué a uno de esos barrios que parecen extremos cuando se visitan por primera vez y que a simple vista son marginales, con personajes en parte familiares y en parte siniestros. Unos mozos mal encarados se gastaban bromas. Llegué a una especie de corral, donde un buen hombre tenía el negocio más raro que en el mundo podría existir: unos animales verdes, hechos como de piel de cactus sin espinas, que eran mulas, cerdos e incluso una especie de buey majestuoso, como los bueyes de Sorolla, que comía ramas verdes de un árbol indescifrable. Aquellos vegetales reconvertidos en animales tenían vida y se movían y eran vendidos a la puerta del chamizo.

 

El corralón seguía a otros corralones, a la puerta todos y abiertos; de una cercana iglesia, también abierta, con algunos bancos en la calle, llegaban los armónicos suaves de un órgano, musiquilla que entonaba con una hilera de pavos vivos, de hembras grises y machos oscuros en pavoneo. Casi una película y yo en la calle, en las horas de oficina perdiendo el tiempo. Hasta que llegué a la gran obra, la obra enorme, un puente grandísimo, de granito monumental que abarcaba como dos riberas de un río ancho, tan ancho que es imposible fuera de Madrid, ciudad en la que nunca he visto tal anchura en sus ríos. Para ser más raro todavía, el puente era cubierto, por unas bóvedas de granito limpio parecida a las de las bóvedas del Valle de los Caídos de El Escorial, con bajorrelieves en nada relevantes. Era una obra maciza, enorme, recién hecha. Yo debía pasar por ese puente y avisado como estoy miré antes por la entrada por si hubiera gente que me pudiera atracar. Había un anciano que hacía juegos de manos con dos trozos de papel a los que gravitaba misteriosamente a dos alturas, en el aire, sostenidos por el fluido que emanaría invisible del juego de sus manos. También miré detrás del puente y había como un enorme cauce seco, como de barro morado de una reciente tormenta, al modo del barro de las almazaras y del color de las rojas aceitunas también. Contemplé de nuevo aquella generosa obra de la ingeniería y se le acercaban unas nubes finas, como de humos negros, un paisaje surrealista que me hizo exclamar en sueños "esto no es un sueño, es que debo haberme muerto", pero con tan poca convicción que ni por asomo me asustaron estas palabras mías. Pasar de la vida a la muerte como la continuación de un sueño puede ser algo real, incluso lo han escrito.

 

Creo que después desperté, ¿ estoy despierto ahora?. Afortunadamente los sueños no son eternos, aunque algunos lo parezcan, este mío es extenso y real y lo hubiera perdido de no haberlo escrito. A veces continúo mis sueños, estos sueños raros y no por ello llego a ninguna conclusión.

Hecho


3

Todo es mentira y el hombre es verdadero

 

Hemos pasado unos tiempos revolucionarios. La revolución es un cambio en la mentalidad común de las gentes, de las que se adueña un frenesí por arrasar los viejos tiempos; pero que, pasada o victoriosa, deja las cosas tal y como estaban. Yo creo que en el fondo nos mentimos al confundir nuestra imaginación, capaz de conjugar variables múltiples, con un efecto rotundo y un verdadero cambio. Nunca cambiamos. Si acaso, nos vestimos de otro modo. De lo que el hombre quiere ser a lo que es hay más distancia que de una estrella a otra. Ni viajando a la velocidad de la luz podremos ser distintos de lo que somos. Es más, entre cualquiera de dos hombres apenas hay diferencia aunque se crean distintos. Esto lo digo pensando en los cambios que ha habido últimamente en Europa, patentes en la caída del muro de Berlín, que puede ser el efecto más palpable del cambio último y que ha supuesto la vuelta a la feroz burguesía que reina ahora en todos los países del mundo. Como si después de 1910 los hombres retomaran las cosas tal y como quedaron y siguieran luego un discurso coherente con aquello que dijeron arrasar. Solamente los nostálgicos de las ideas prosiguen en la actualidad creyendo como verdaderas teorías tan disparatadas ahora como la geometría euclidiana, pese al clasicismo riguroso de su exposición.

 

Pero la revolución pudo ser y una multitud de otras gentes, de otras mentalidades, de un modo distinto de ver el mundo pudo llegar, como en un golpe de Estado, e invadirnos y recluirnos luego a tenebrosas prisiones, a la postración y a la muerte. Gentes sin escrúpulos, sin moral, sin los buenos sentimientos pudieron de un día a otro superarnos y dejarnos como papel usado en el libro de la historia. Hubiera sido un cambio atroz, desde la amenaza de las palabras aterradoras; algunas buenas gentes así lo han vivido desde el orden limpio e inteligente de su acomodo. Pero las hordas rojas se volvieron sumisas o nunca existieron. No fueron más allá de la culata de sus bayonetas; en la mollera había los mismos problemas y soluciones que en las gentes burguesas del cristianismo. Todos somos aburridamente iguales.

 

Ha habido no obstante un cambio en el cambio. Nos hemos hecho más civilizados y tolerantes o eso creemos. Hemos vencido al nazismo, aunque lo hemos vuelto a ver, recluyendo a las gentes en campos de exterminio, invocando las nacionalidades, arrasando los campos y asesinando a viejecitos en las guerras balcánicas; con los mismos modos y como antinazis también. ¿Es el nazismo el que fomentó el odio o fue el odio el que fomentó el nazismo? Un odio ancestral, ínclito en los genes, por un cúmulo complejo de mentiras y de falsedades, por la vieja envidia y por el afán más viejo todavía de adueñarse de lo ajeno. Cuando todas esas cosas viejas se presentan como una alternativa de lo nuevo es comprensible que algunos hombres  se deprimieran y todo lo vieran negro en la larga noche de los cristales rotos. Pero esa noche es muy antigua y ahora creo que todavía no está por amanecer pues el sol solamente alumbra.

 

Pero yo, que soy crédulo, sí creí en la revolución, aunque yo estaba en la otra parte. Sí soñé en grandes montañas peladas y pardas de las que venían gentes distintas, en complots policiales y guerreros, en contra de mis buena gentes; en las que los malos nos vencieran desde la alquimia de su coordinación y la magia de los slogans. O sea, yo me creí el cuento ese de la revolución. A pie juntillas, como en una pesadilla. Ahora me doy cuenta que es imposible, que solamente hay hombres; hilando más fino, que solamente puede haber un hombre que, haciéndose con el poder, nos puede mandar en el alma y en el cuerpo. Por todo ello, la muerte ahora es aliada de las buenas gentes, pues se lleva a esos hombres mandones y alivia al mundo de la carga pesada de sus pensamientos y de sus actos. Si no hubiera muerte el mundo sería muy pesado. El mundo occidental, con su democracia, se los quita de en medio cada cierto tiempo. Es lo bueno de la democracia, poder cambiar de mandones y casi no se nota que el hombre, en su soledad, una vez tomado el poder, hace lo que le da la gana y dice lo que quiere, haciéndonos ver que es distinto y complejo y, lo más importante,  facturándonos sus impuestos, lo que más nos duele siempre.

 

Entonces, y es a lo que yo iba, ¿ qué nos depara el futuro?, ¿ cómo será el futuro de aquí a cien años? Aunque me parezca un chiste creo que en ese tiempo lo único que habrá cambiado serán los anuncios de la televisión.

 

 

Una revolución (del latín revolutio, "una vuelta") es un cambio social fundamental en la estructura de poder o la organización que toma lugar en un periodo relativamente corto o largo dependiendo la estructura de la misma. Aristóteles describía dos tipos de revoluciones políticas:

  1. Cambio completo desde una constitución a otra.
  2. Modificación desde una constitución existente.1

Las revoluciones pueden ser pacíficas aunque en general implican violencia, al enfrentarse grupos conservadores con el anterior régimen y aquellos que aspiran al cambio, o incluso entre los que aspiran a un nuevo sistema, 

 

 Revoluciones decisivas en la historia mundial serían Revolución de las Trece Colonias, la Revolución francesa, las revoluciones independentistas de Latinoamérica o la Revolución de Octubre.

 


4

Mi libertad

 

Pienso yo a veces, a veces tengo esa costumbre, que la vida es algo extraordinario. La vida mía, por supuesto. Han tenido que darse millones de coincidencias, de esas cosas que pasan entre millones de oportunidades, para que yo ahora mismo, sin tener otra cosa que hacer mejor, me disponga a dar rienda suelta a los pensamientos que he tenido últimamente. No ha sido siempre así: yo he sido un hombre de grandes clichés, de la rígida arquitectura que tanto la religión, mi familia, la gente, España, me han metido archi bien dentro de mí. He sido un hombrecito cargado de moral, de ética y de principios generales (Así me ha ido en la vida). Un hombre tan recargado de moral y de valores éticos apenas puede andar, cuanto más correr e incluso volar. Sencillamente he vegetado en mí mismo, he dejado pasar lo mejor de mi vida y ahora me encuentro soltero y solo en la vida, sin el casorio conmigo mismo, sin futuro de mí, exactamente inédito para la vida. Aunque haya vivido, me haya casado, hay tenido hijos, trabajo y haya votado a estos botarates que nos rigen, como decía Vallejo Nájera, "en periodos de floración intermitente- conjunto de mediocridades".

 

 La vida es algo prodigioso que merece la pena ser estudiada. en su aspecto físico y en su aspecto espiritual, y los dos aspectos son a cada cual más difíciles e intrincados. El aspecto físico ha vuelto locos a los físicos, porque creen que han llegado ya al límite de lo más pequeño; a ese límite en el que se produce la paradoja de una cosa es y no es al mismo tiempo, se comporta como tal cosa y como lo contrario. Incluso llegando a este paroxismo, tan parecido a la conciencia atómica que tenían los griegos, la vida merece ser estudiada. Y digo vida, porque no me vale la definición que leí en libros de ciencia, que la definían, poco más o menos, como unas proteínas capaces de replicarse. El llamado quinotactismo de algunos cristales sería lo más parecido a la vida, pero yo voy más allá, más adentro, voy incluso a tratar de entender, que fuera del tiempo, y sin ser Dios entológicamente hablando, actúa sobre la propia vida, la proyecta y en cierto modo la complifica y acaba produciendo hombrecitos de la vida. Lo mismo, la inteligencia, que es exactamente la sustancia que mueve el mundo del caos y el mundo ordenado, con una simetría compleja y seguramente con mucha mayor armonía que lo que suponemos. Decía Unamuno que no sabemos si los caracoles resuelven problemas de álgebra cuando parecen quietos.( Que sí que los realizan, pues su arquitectura es tremendamente inteligente y su química es como la nuestra). La inteligencia es un valor universal que no falta en ningún átomo del universo. Otra cosa es la conciencia de esa inteligencia, que tienen algunos hombres.

 

En unos momentos de ociosidad total, me dio por teorizar algo de física. Yo me dije que, como el hombre está destinado a viajar, necesitamos unas matemáticas más reales, menos pura teoría de puntos y líneas que se encuentra en el infinito. Fue así como ideé el minimun quantum possible, aquella longitud espacial que era una recta, con el mínimo de materia, por debajo de la cual no habría umbral para el cuenteo del mundo físico. Llegué a lo que llegan casi todos los teóricos a una constante de lo menor que pueda aplicarse a toda la materia en lugar del vacío. Algo muy parecido, al menos por fuera, a la teoría de las cuerdas, aunque ésta mucho mejor desarrollada por la vieja teoría y la tradición, mucho más poética por lo armónica y cuasi musical, pues el Universo que vemos sería una gran sinfonía con notas que vibran y vivifican al mundo. Mágica, bellísima, merece ser estudiada porque si no nos hace comprender al mundo, al menos nos hace comprender el excelso sentimiento musical que nos lleva más lejos que la realidad. Aquella cuerda mía tendría dimensiones y nos serviría para que los errores que se produzcan en los viajes espaciales no nos llevaran a perdernos en el espacio. En fin, sentía que tenemos que ser más exactos, menos teóricos y mucho más realistas para realizar el sueño de conquistar el espacio interestelar. Cosas que se piensan cuando no se tienen cosas que hacer.

 

Es cierto que la ciencia es rigurosa, muy cauta y al tiempo ha desarrollado el mundo actual lleno de prodigios y de hechos nuevos. No debemos rebelarnos contra la ciencia, al contrario, debemos tomárnosla con mucha seriedad y respeto; aunque sí debemos entender que en sí misma es errónea, que eso de ser exactos es una tautología tan grande como la palabra infinito y la no menor eternidad. Son macro valores que cortan las ideas, con la misma limpieza que un bárbaro cortaba cabezas, nos dejan sin palabras y sin ideas. Chitón.

 

Me he enfrascado tanto en el relato que he dejado con muy poco espacio el tema principal de "mi libertad". Mi libertad la entiendo últimamente como mi posición en el mundo. Es el hacer y el no hacer, la conciencia de mi yo en el mundo y al tiempo el disfrute de usar mi tiempo en esta maravilla que es la vida. Este prodigio que aunó millones de probabilidades a favor y en contra para que yo, el único ser que soy yo, estuviera vivo y disfrutara de mi vida. Ésa es mi libertad, la conciencia de que mi ser me pertenece, que me debo a mí mismo, que no puedo permitir que las gentes, la ignorancia, la sabiduría y todas las cosas que no son yo exclusivamente me desvíen del objetivo prioritario de este artículo: vivir plenamente en mí. Disfrutar mi tiempo. Además, todas las demás cosas para ser en mí han de pasar por mi conciencia. Todo puede existir en mí; pero sin mí, nada existió antes tal y como ahora pueden ser.


5

La vida es maravillosa

 

Tener y tener: en la naturaleza hay un afán de todos los vivientes por tener y más tener. Todos parecemos unos glotones sin medida, que agachamos nuestras cabezas, que mimamos nuestros bocados y engullimos para nosotros lo que consideramos nuestros alimentos. La misma naturaleza aprovecha este consumo sin medida y acumula unas grasas para los períodos de sequía que podamos necesitar esas calorías sobrantes para seguir viviendo. Pero en definitiva, la vida es el reducto que nos queda siempre: es el acto de ser en el mundo. Vivir es simplemente estar en el mundo y poder cambiar de estado. En la acera de enfrente, estar muerto, como no haber nacido, es sencillamente no contar para el mundo ni que el mundo nos interese lo más mínimo.

 

Entretenemos nuestra vida los vivientes acumulando alimentos, llenándonos de cosas; luego, especialmente el hombre, nos encontramos con multitud de cosas, de las mismas cosas que llenan nuestras librerías, las paredes, los armarios, las fincas, los zapatos, el dinero, los hijos, los recuerdos, los amigos. Tantas cosas nos llenan que difícilmente las podríamos disfrutar por muchas vidas que tuviéramos. Esta dinámica de la acumulación de cosas nuestras, que tiene una razón de ser en la escasez de las cosas, acaba por atestar nuestras estanterías y por llenarnos de los maléficos michelines, esos rollitos de mala carne que tantas complicaciones nos causan a la salud del alma y del cuerpo. La vida es solamente vivir. Pero si nos faltan aquellas cosas, si la vida nos niega la posibilidad de llenarnos de cosas, aparece nuestra hambre, ese vacío enorme en el estómago que nos pide llenar, acumular, poseer todo cuanto pueda aparecer a nuestros ojos. Lo mismo pasa con los honores y el bienestar social. Si nos faltan estas cosas habremos fracasado íntimamente y podremos considerarnos unos fracasados o que tuvimos mala suerte. Como si la vida fuera un juego de azar y las cartas que cogimos fueron las peores de todas las jugadas.

 

Qué mal acostumbrados estamos todos los vivientes. Solamente los sabios, que son unos hombres en el mejor sentido de la expresión, saben que no es así. El hombre sabio corrige a la naturaleza; corrige que los fríos números de un espacio sin medida puedan llegar a ser crueles y desterrar de la vida a los pobres e indefensos, a los enfermos, a los viejos, a los niños, a los animales también. Los sabios saben que acumular por acumular, que tener por tener, aunque sean tesoros espirituales no solamente no es necesario sino que es perjudicial: cuantas menos cosas tengamos más la disfrutaremos si estamos vivos, si nos alegra vivir, si las amamos. Además, que también se puede disfrutar y gozar con las cosas que otros gozan y disfrutan, porque, como la misma vida, son también el reducto que escapa a nuestra acaparación; pues estando fuera, participan del mundo que habitamos y en cierto modo nos habitan. La vida nuestra también es la vida de los otros vivientes.

 

En la economía hay un principio que es universal y la base de todos sus números: la escasez. Para todo hay una medida. Por mucho que quisiéramos abarcar siempre hay un límite, un fin. El mismo universo necesita venir acompañado de todo un potencial, de todas las cosas, para seguir avanzando y hacer espacio, nadie por sí mismo lo tiene todo ni lo podrá tener. Somos escasos y limitados; precisamente por ello podremos ser felices y gozar lo que tenemos, que aún siendo escaso es mucho. Si nos damos cuenta de todas las cosas que poseemos veremos que nos sobra de todo, que propendemos al sobrepeso, que podemos quitarnos unos kilos para recuperar la salud. Muchos entienden que la juventud lo tiene todo, que es la capacidad de gozar unos cuerpos plenamente, como si fuera un tesoro. Precisamente es lo contrario, la juventud no solamente es la que menos cosas tiene sino al tiempo la que mejor sabe gastarlas: la juventud es el riesgo de gastar sin medida, sin desfallecimiento, sin los cálculos de la vejez, que se piensa mucho antes de dar un solo paso. Mientras que la vejez es posesiva y acumulativa, nada quiere dar ni nada quiere arriesgar. Como si le fuera en ello la vida, cuando precisamente va en directo hacia la muerte. Empezamos a hacernos viejos cuando nos da por ahorrar, por pensar en el mañana. Luego, pasa lo que pasa, sobreviene la inflación y se come todos nuestros ahorros. Hubiera sido mejor gastar, puesto que el hombre puede hacerlo, consumir en cosas intangibles como son los viajes y el simple disfrute de los sentidos ante esta vida que, no me cansaré de decirlo, es maravillosa.

 

Cuando yo digo que la vida es maravillosa habrá más de un lector, que por experiencia propia o ajena, me dirá que escribirlo es muy fácil, pero que no es cierto. Para ese lector me corrijo y digo: la vida puede ser maravillosa. Como si de pronto, por el montón de sucesos, pudiéramos aherrojar del mundo a ese pequeño reducto que llamé la vida. La vida es muy poca cosa, menos que un segundo podrían contar los relojeros; un segundo explosivo que en un momento proyectó un mundo, unos siglos, infinidad de estrellas: si esto no es maravilloso que venga Dios y lo vea. Esa es la vida: un instante de plenitud de la que gozan todos los vivientes. Y se nota. No hace falta más que salirse al campo, fuera del ruido de las ciudades, para en esa grande soledad y en ese grande silencio comprender que somos los actores de un teatro con una obra maestra: la vida.


6

La soledad

 

La soledad: el mundo es demasiado grande. Estamos solos todos, los buenos y los malos. Siempre me dieron tristeza aquellos hombres malos, que aún haciendo alguna barrabasada, los veía muy solos. Es la soledad la imagen oscura que está detrás de todos los rostros. Solos para luchar y para ser derrotados. Quizá por esto yo propugno hacer un grande yo. Mi yoismo parte de una premisa privilegiada: sé que el más riguroso crítico de mí mismo puedo ser yo. No es por conocerme, que nunca lo podría ser; es cuestión de amarme, que sí lo está al alcance de mi mano. Por ello propendo la búsqueda de uno mismo desde sus primeros tiempos. El refranero español, escrito por auténticos sabios, ya lo dice "condición y figura, desde la cuna". La infancia es el lugar más importante para conocernos y reafirmarnos en la conquista de nuestro yo. Recordar nuestra infancia, nuestros pensamientos, nuestras rebeliones con la sociedad nos puede hacer estar con más plenitud en el presente. Se trata de vivir, de gozar con la vida, de darnos importancia y de ser felices en la medida de lo posible.

 

Vivir con la soledad puede ser lo contrario de lo que parece, si la soledad está llena de nosotros mismos. Sin echar de menos a nadie ni a ninguna cosa. Nosotros y lo que tengamos. Siempre nos quedará el campo, para mirar más lejos, para llenarnos de tantas combinaciones bajo la cúpula inaccesible del cielo. Lo más importante somos nosotros. Los creyentes dirán que es Dios y están en lo cierto. Pero yo hablo para andar por casa, para luchar en esta vida, para reforzarme interiormente y vivir a gusto conmigo mismo. Necesito hacerme fuerte, asentarme en la tierra. Vivir el tiempo que se me conceda totalmente. Mi tiempo es oro para mí y ha de ser mío completamente. Aunque para ello deba renunciar a alguna de esas cosas que son imprescindibles para algunos. Yo creo que podemos prescindir de todas las cosas menos de nosotros mismos.

 

Yo postulo un egoísmo radical. Sé que tiene mala prensa, como si fuera más estética la bonhomía, el buenismo. Pero no es así en la naturaleza donde todo sol propende a la unicidad del ser, a su trascendencia a través de autoafirmación. Lo son los seres más puros y más decorosos y es necesario también para que el hombre sea feliz e independiente. La soledad debe ser nuestro gran campo; en ese sitio debemos estar plenamente con nosotros. Ni siquiera en la cárcel un hombre que ame la soledad estará nunca tan solo y distante si sabe estar consigo mismo; ni siquiera un malhechor, que no tiene el consuelo de saberse justo, estará tan triste y desvalido como un hombre que no acepte su soledad. La soledad no es un estigma, es un preclaro honor de la vida, que nos hace solos, que nos dejará luego solos en la tumba. La vida es muy hermosa y está llena de prodigios; la soledad es la gran madre de todos nosotros, el amplio lugar donde podremos echarnos un sueño.


7

Un mundo distinto

 

Hemos heredado muchas cosas del mundo antiguo, del mundo de ayer mismo, del que está muriendo ahora y nos deja una herencia como si fuera nuestra vida. Entre las cosas que hemos heredado no son las materiales ni las genéticas las más importantes, también hemos heredado la vieja simbología, la división del mundo de las cosas en buenas y en malas y su representación ideal. Así, la oscuridad, las tinieblas son el mundo infame de los demonios, de la muerte, del propio infierno y yo he tenido una chispa que ha iluminado fugazmente mi cerebro y que me hace escribir con algo de extensión sobre esto.

Las tinieblas, la oscuridad, lo tenebroso no es maligno, ni es nuestro mal. La oscuridad de la noche es algo maravilloso, inmenso, arrebatador; echa sobre nosotros un espeso manto oscuro y no solamente lo llena de estrellas, de cánticos, incluso de la misma luz mucho más bonancible y sutil. En la noche el alma se crece, la música se ensancha, los ruidos son jocosos y la luz es amiga. En la oscuridad, sin daños ni ruidos, bajo la sombra, el hombre se siente cobijado por el sueño, por el mundo ideal y literario, por el amor físico, por las palabras silenciosas y los proyectos más audaces. Es falso que en el mundo de la vida, la oscuridad, la noche, sean perjudiciales a los hombres ni a ningún ser vivo. El Universo es oscuro, es frío, es inmenso y al mismo tiempo es acogedor de cualquier vida. Mejor hubiera sido que el hombre pusiera el símbolo de la noche a la figura materna, pues seguramente en su tiempo de gestación estuvo a oscuras en el vientre de su madre; mejor que confundirlo con el pecado, que más bien es una saturación de luz, una dañina luz que desvaría las mentes y las almas.

Cualquier división del pensamiento en una dualidad irreconciliable es mala, porque no integra al hombre en la vida natural. Esa pugna entre el Bien, la Luz, y el Mal, las Tinieblas, no solamente es irracional sino que solamente tiene su lógica en unos tiempos que murieron hace ya muchos años. Como alegoría para que el hombre sea virtuoso siguen valiendo; pero para integrar al hombre en el pleno goce de su naturaleza divide al mundo de manera injusta entre lo bueno y lo malo, cuando ambos son consubstanciales al mismo hombre. Un todo luz sería terrible, una oscuridad absoluta nos parece que también: una sombra que acoge a la luz, una luz que no quiere ser absoluta. La armonía, el ensamblaje de estos dos grandes armónicos vivifica al mundo. El infierno únicamente es el odio.


8

En la libertad de las cosas

 

Al hombre le gusta ordenar al mundo y el mundo siempre fue ingobernable porque tiende a la libertad y la libertad no es orden. En esa libertad se cuela una sutil substancia que hace que el mundo sea mucho más racional y ordenado que las premisas que imponen los hombres poderosos. ¡ Ah, ese orden que está impreso en los corazones de las gentes más sinceras! Creo que vencerá al fin de manera aplastante y dejará con el culo fuera a todos aquellos que quieren imponer su orden, por bueno y metódico, al más primordial del auténtico. Coinciden ambos en la estricta razón, pero son tan distintos y distantes como el día y la noche. Mucho más sutil en la libertad, más esclerótico e inútil el de la letra impresa, el de los gobiernos de las autoridades del mundo: la libertad contradice incluso a los llamados libertarios. Los contradice en aquello que no escapa a ellos; no impone unas normas sino que hace imprescindible el contenido de esas normas. Cuando yo digo esto aparece una paradoja: tanto los autoritarios como los desordenados tienen las mismas normas. La diferencia es que unos quieren imponerlas y a los otros se las impone la vida, esa criatura que ama la libertad.

 

Yo confío plenamente en la plena libertad. De ella hago mi fuente, mi escudo y mi bandera. En la raíz de la libertad está la única razón de ser de lo necesario y de lo posible. Contraria a la ley es sin embargo la misma ley. La libertad desautoriza a los gobernantes precisamente por ser el auténtico gobierno. Todas las cosas se agotan si no son racionales o si son imposibles; en la libertad no se pueden dar mundos utópicos ni soñadores: es lo que es y si no puede ser no existe. La libertad desata los nudos de la violencia y la de los hechos inútiles. Al final llega por un método mucho más sutil y exacto a coincidir con la panacea que nos proponen los hombres autoritarios, pero de manera mucho más duradera. No digo que en la libertad no existan imposiciones implícitas ni mandamientos tácitos; digo que la libertad no quiere gobernar en su solo hecho, sino vivir; y la vida requiere la más estricta de la razones, aquello que solamente es posible. Siendo lo mismo es completamente distinto: siendo la misma ley, en la autoridad hay una voluntad de ordenar mientras en la libertad hay una voluntad de vivir. En el gobierno se trueca la razón por la razón del gobierno, mientras que en la libertad se sirve siempre a la razón. La libertad es lo posible y el gobierno es solamente el acto de mandar, incluso cosas inútiles y a la larga imposibles.

 

¿ Cómo puede la libertad perdurar y no agotarse en sus actos? Precisamente la libertad agota los imposibles; en libertad solo permanecen las cosas posibles y el hecho de que en libertad se den también cosas falsas y engañosas no acaba con este principio universal de las cosas de vivir en libertad. Ya dije que a los hombres nos gusta mandar, que las gentes hagan lo que creemos que es mejor, más necesario o nos interesa particularmente para favorecernos egoístamente. Y digo que en la libertad las cosas buenas pervivirán por imprescindibles, mientras que las ordenadas de manera autoritaria podrían hasta ser desobedecidas por el hecho de contrariar a un poder oclusivo y excesivo que asfixie la libertad de los hombres. El acto autoritario es las más de las veces una proposición a la desobediencia, aunque los actos de los autoritarios sean proposiciones de libertad; en la raíz del autoritarismo solo hay autoridad, mientras que en la libertad solo hay necesidad. A quien piense que un mundo enteramente libre es imposible solo puedo decirle que el mundo de la libertad es solamente el de las cosas posibles; o sea, la libertad total es imposible porque la libertad no es totalitaria. La libertad es solamente lo más estricto y racional de las cosas posibles; cuando falta la libertad nos falta la probabilidad de las cosas posibles. La libertad no es el caos, conjunto informal de hechos sin enlaces. La libertad goza de un mundo que ya está hecho, que no es el caos; precisamente el autoritarismo no parte de esta premisa, le parece que el mundo es caótico, desordenado y por lo tanto imposible (creemos que el autoritarismo es también otras cosas peores y mucho más modestas intelectualmente) El mundo, la vida, ya están hechos; la libertad es su gozo. En el más estricto y racional de los sentidos.


9

Las religiones y la persona

 

Ahora hay una corriente de ateismo, de agnosticismo, de laicismo, de vivir plenamente sin ataduras religiosas, buscando en la relativa libertad del hombre una vida más auténtica y menos soñadora. La gente joven no es creyente en un porcentaje alto o lo es de una manera pasiva y con menor obediencia a la religión en la que cree. Yo quiero destacar la figura de Jesús de Nazaret, que representa la divinidad para los cristianos y para el catolicismo que es la fe mía. Jesús es distinto en su mensaje, en algo que no es precisamente en lo que más abundan los profetas y los mesiánicos: su persona. La revolución suya es particularísima, nada explosiva y mucho más duradera de lo que nos dicen: se basa solamente en su persona. Esto parece una cosa trivial y es lo más importante y exclusivo de su mensaje.

 

El hombre Jesús, su mente, su cerebro, su corazón rige desde un armónico maravilloso. Antes que hacer una religión hizo una persona, con todo lo que esto significa. Hacer una persona, una mente y un corazón es tallar un hombre en todo parecido al hombre del ayer para seguir siendo el hombre del mañana. Es un proyecto vivo que se convierte en paradigma. Supone hacer un hombre integral, un molde, un ser que vive dentro de nuestra alma humana y que cambia al mundo desde la perspectiva de su unidad con Dios y sentir su presencia en todos los actos de la vida. Es un ser espiritual en el más estricto sentido y es un ser carnal porque nunca contraría la cualidad de ser viviente. Eleva al hombre a mayor dignidad porque lo aproxima a Dios y nunca olvida que es un hombre.

 

Lo más intrincado y maravilloso de este proyecto es su aspecto material. En esencia es dotar a su mente y a su corazón de aquellos eones que vivifican el alma; es hacer algo más que una simple evolución de la vida. Necesita el apoyo, el aliento, la mente divina que vivifique su interior en busca de la perfección humana y su unidad con Dios. Qué bien se entiende entonces que contradiga al pecado, al desorden, al descuido de su razón mucho más estricta. La virtud es entonces no una gala sino una esencia; la salud es su consecuencia; la vida es su sustento; la libertad es su felicidad. También es una exigencia: cuidar esas cosas con las que Dios dota al hombre cristiano para hacerlas fecundas y duraderas. El ateismo es el polo opuesto al fanatismo religioso, pero también lo es al cristianismo. En unos la religión es una idea extrema en la concepción del mundo, también para muchos cristianos esto fue siempre así, para el cristianismo de Jesús el ateismo es la fuente de su redención: atraer a Dios a quienes lo ignoran. ¿Y qué da Jesús a los hombres? Su mente, su corazón, su persona. Su persona física llena de los eones divinos, de ese cielo que está en la mente y en los corazones de los hombres. De ese cielo físico, en el sentido de armonizar los átomos humanos en unas estructuras llamadas espirituales. Dios no es una idea, Dios es un ser. Con alma; y en el hombre, con cuerpo de hombre. No seremos dioses, seremos como dioses. Estaremos unidos a la divinidad mediante los cuerpos de la divinidad en el hombre. Los elementos divinos, que he llamado eones, son los núcleos celulares de ese hombre distinto, que llamamos Jesús. De carne y de hueso, que nos dejó su palabra y que puso en juego su propia vida. No cuando murió crucificado sino cuando estaba vivo y sigue estándolo en el ámbito del alma humana. Por esto esta religión también es distinta y se vive de una manera natural y autóctona en los hombres, en los pueblos, en la intimidad del ser humano. Tiene una exigencia, el cristiano ha de conservar ese don maravilloso que vive y halita en su cuerpo: el aliento de Dios. La voluntad de Dios. La vida de Dios. Esto es ser perfecto.


10

La música

 

La música es un ruido. ¡ Brun, Brun! Un grito que quiere ser oído. La soledad de un niño en medio de la vida. Un niño quiere siempre molestar, que le oigan. ¡Brun, Brun! Debajo de una mesa, en una habitación, cuando la familia está haciendo cosas tan importantes como tender la ropa o limpiar los cacharros de la cocina, cuando pregonan en la calle los chatarreros, cuando llueve cansinamente en el patio, cuando el niño sigue solo. ¡Brun, Brun!.

El gran Universo está callado por grande, por solemne, por magnífico y por frío; el Universo ha crecido del todo, es un viejo vestido de negro, adornado de brillantes, con una capa enorme cada vez más grande. Demasiado distante siempre de los hombres y de sus vidas menores. Silencioso. Nunca suena una pequeña canción, ni una suave melodía de las que se cantan por dentro, ni una charanga, ni unos platillos dorados que el músico eleva y expande en medio de la sinfonía, ni siquiera una coplilla que diga amorosa que el amor traiciona siempre y que nos deja tristes. El gran Universo es inhabitable, no tiene música, todavía no ha conocido a los hombres, pervive sin tiempo en la ancha eternidad.

¿ Qué nos hace la vida llevadera si no es la música? ¿ Podríamos sobrevivir si no cantáramos? La palabra, esa corriente que sale del cerebro, que recorrió nuestro cuerpo y vuela luego en el aire, si quiere llegar a lo más profundo de nosotros ¿ podría hacerlo nunca si no tuviera música? La música es una palabra desnuda, los sonidos del alma cuando el alma no sabía hablar; las palabras explican los estremecimientos, la vivencia, y lo hacen de un modo seco, como en una escuela donde a los niños enseñan el orden de los mamíferos o las clases de las columnas griegas de la arquitectura clásica. La sequedad de la palabra, su aridez, su rocosa esencia es llevada en volandas, como los chinarros en los arroyos, por el agua transparente de la música; y la palabra se convierte en canción; y la canción nos hace hasta llorar, nos trae recuerdos, nos trae ilusiones, nos hace estar vivos en nuestro tiempo. Una canción resume la vida y al tiempo la hace más grande y duradera, aunque solo dure unos instantes.

Los músicos le dan mucha importancia al silencio; en medio de los sonidos el silencio parece corregir la exultación del ánimo, serena, contradice. Hay un silencio total que está debajo de toda música; como la nada sostiene en el fondo la creación, como la vida se reconstruye a diario sobre la muerte. Cuando la frase se agota se escucha el silencio; el silencio dentro de la música es muy bello, armónico; llega a ser incluso coloquial y amoroso. ¿ Pero qué sería del silencio si no hubiera música? Un mundo sin música sería todavía como más ruidoso. ¡ Brun, Brun! Los niños rompen el mundo y lo hacen cantar con el ruido que meten ellos en el ruido del mundo: ruidos de cacharros, goznes de las cuerdas para colgar la ropa, la monótona lluvia que cae cansina sobre el patio. 


11

La Poesía

 

Me quedé anclado en la Poesía. Me gustaba escribir normalmente en Prosa, contar cuentos, incluso hasta novelas, teatro, artículos, también algún poemilla, pero acabé escribiendo casi únicamente Poesía. Era un poco como no escribir, como hacer los deberes del Colegio en casa, casi por obligación, como recurso para mantener la conciencia de escritor tranquila y muchas cosas más que no puedo explicar. El caso es que día a día me fui viendo un poeta, lo que chocaba con mi particular pragmatismo que nunca quiso ser el trasnochado poeta, romántico e idealista que mira más al mundo exterior y le regala su imagen que el contrito reconcentrado, incapaz de querer que nadie lo reconozca y mucho menos actuar ante el público. Claro que hay una poesía misantrópica y en ella tuve mi lugar.

Ya para lo último, cuando otros me han llamado poeta y leen mis poemas y los reproducen, cuando se puede decir que he llegado a ser algo público y escribo desde entonces con más cuidado y pensando en el lector, aquella poesía mía musical y amante se ha convertido en mi propia teoría de la Poesía. Preocupado por el ritmo y más que en ello por el vuelo del poema- siempre he querido escribir como las aves vuelan, sobre todo las planeadoras que llenan nuestros veranos de piruetas magníficas y prolongados trazados- como algo natural, que fluye armonioso sin parecer esfuerzo. En el fondo soy un buen músico, un loco desde niño por la música en todas sus manifestaciones, un músico sin pentagramas ni los números musicales pero exquisitamente con el mejor de los oídos y la memoria musical. Mi Poesía es música que ha perdido el vestido y se muestra oronda y rotunda con todas sus carnes expuestas para el pintor. Pintar, otra cosa que he hecho desde muy joven, pero a intervalos de años.

Ahora, con todo el tiempo del mundo para escribir a diario, en las altas horas de la noche, como una hormiguita que lleva su carga sin importarle el peso, construyo una poesía a veces amorosa- aunque de siempre tuve claro que una cosa es la poesía y otra la realidad, que como poeta siempre fingí cosas que no me pasaban, que era una dramaturgia de personajes ficticios, que a veces me inspiraba la realidad tanto mía como ajena, pero que al pasarla a poesía ya no era realidad ni la reconocería luego como tal: la Poesía es otro mundo, que me lo digan a mí, que es incluso otro tiempo sacado a mi vida-. Teoría en la que no faltan excepciones, algunas evidentes, como mi amor por Granada y por los paisajes de la Naturaleza- los ríos, los montes, el mar, las nubes...-que acabarán por ser otros personajes literarios, extremadamente humanos y casi ficticios.

La Poesía no es verdad, pero lo verdadero es poético. Ya se puede decir que rozo el magma poético, el líquido que impregna a las cosas del sentimiento poético, eso que fluye incluso de los poemas de construcción más rígida y estereotipada, esos que alguna vez alguien inventó y desde entonces repiten casi todos los poetas, la antipoesía que ocupó soporíferas clases de Literatura y declamadores horribles en colegios y aulas de todo el mundo, hasta eso es Poesía. Vivir de la Poesía es como vivir del aire, de la manera más benevolente, dejándonos llevar por los acontecimientos aunque nunca deben ocupar nuestro espacio, rozarnos si acaso. Porque no se debe usar la poesía para vender sardinas si la prosa es más directa y elocuente. Pues una cosa que no es, que no existe, como es la Poesía ha de ser rigurosa y excluyente y lo único importante para un escritor que la escribe. Otra cosa es la Política y de eso no entiendo.

José María Torres Morenilla


12

LA ANABISIS

El hombre, que es una selección muy femenina de la virilidad,

 lo que la mujer quiere que sea

Tenía una idea, tenía mil ideas, pero embrolladas, atormentadas, caóticas, simplistas, en una noche, pero amaneció un día siguiente, espléndido en la mañana de Mayo, que recibí en mi senectud con vigor y rectamente y a pesar del riesgo que supone escribir sin apenas guión, de formalizar sin apenas idear, apareció mi verdadero escritor, que es una persona que no sabe de nada, cuya verdad es solo escribir, y ya salió el hilo conductor, vislumbre del artículo para mi amigo Alfonso y su libro "Guía para hombres en marcha. de la línea al círculo". Partí entonces, como siempre, con una vieja idea: la distancia entre la virginal rosa salvaje y las rosas cultivadas de mi jardín. Tengo algunas que de ser tan cultivadas imitan a las primitivas y ofrecen ramos ideales de rosas rosísimas, sin apenas aroma, pero con frescura de vírgenes. No tienen recovecos, se ofrecen espléndidas y sencillas, apenas huelen, más parecen rosas entre zarzales, que rosas de jardín. La mano del hombre cambió a la rosa y le dio color azul- La rose bleu-y aroma embriagador o la hizo hermosa carmín, cambiante de color en su vida, la Emperatriz Soraya. Igual los hombres, los hombres hemos cambiado al hombre, somos la selección del hombre.

 

Llevo tiempo leyendo a Jenofonte, el gran escritor griego, discípulo de Sócrates, con el que discutió sobre asuntos más económicos que filosóficos y que ha dado una imagen distinta del gran maestro, su Anábasis fue lectura de sintaxis en la cátedra de griego de Unamuno, pero la retiró como texto  porque "los alumnos se aburren de aquella monótona y fatigosísima relación, tan lánguida, que da sueño", a pesar de reconocer también que como texto era excelente. Esa expedición de los diez mil hombres griegos, lanzados a defender la causa de Ciro, y su intrigante madre, frente a su hermano Artajerjes, una vez muerto Darío y hecha la paz entre Esparta y Atenas me resultó emocionante. Porque Ciro muere en combate y aquellos diez mil hombres han de regresar nuevamente a Grecia, por territorios hostiles y bárbaros y la taimada persecución de los hombres de Artajerjes. Lo revelante del relato es la descripción de la vida militar de aquellos hombres solos. Su concepto democrático cuando votaban las resoluciones a mano alzada y se sometían al dictado de la mayoría, en muchos casos y cuestiones importantes, pero también en otros menores como la recogida de comida o las expediciones menores para tomar una ciudad en el camino. También chocan con nuestras costumbres el gusto que tenían por los muchachos, de manera que Jenofonte se queja dulcemente que nunca les arrebató un muchacho o que los capitanes, como el mismo Jenofonte que contaba veinticinco años entonces, fuera acusado de pegarle a sus soldados, que solo lo hizo cuando la causa era singularmente grave. El ardor de las batallas, el canto del peán a Apolo, que era patriótico y exaltador, los enervaba como hombres griegos, los sacrificios, los augurios y el solemne juramento de los pactos cuya palabra debía ser cumplida a la vista de los dioses. Si en algunas cosas podríamos considerar que aquella expedición era antigua,  es más cierto que era una expedición de hombres de ayer mismo, dotados de la disciplina, del rigor matemático de la táctica, bajo la gran línea recta de una estrategia en favor de una causa más favorable a los griegos y el círculo del nómada campamento, que ha de cambiar día a día, con choques y relaciones entre ellos a veces difíciles cuando no rupturistas. No es una lectura aburrida sino rigurosa y maravillosamente escrita en uno de los mejores prosistas que nos ha dejado el mundo clásico.

 

El movimiento de hombres y solo hombres, son muchas  ideas para hacer un ejercicio meramente literario o poético, para encontrar lo que el hombre quiere y selecciona como hombre, a lo largo de la historia. También es un ejercicio primitivo, de volver a los orígenes, de encontrarse con la virilidad que da la suma de virilidades, de ver qué hacían aquellos ejércitos de hombres y solo hombres, de reencontrarnos con la cuna de nuestra civilización griega, que es la que nos rige más propiamente como ciudadanos que las religiones o el marxismo. Aquellos iban en busca de un mundo culto, frente al bárbaro y opuesto imperio oriental. En busca del hombre occidental, el autor de Europa y de los Estados Unidos de América. Creo que la terapia, basándose en el conocimiento interior del hombre va en busca de otro hombre seleccionado, que se sienta feliz al conoce, también lo puede ser de la masculinidad. Arriesgarse a la ventura, juntarse a otros hombres y encontrarse luchando por esa otra idea de lo masculino. Terapia de Sierra, de campos y de nieves, agreste, para unos hombres que acabarán por ser luego más altos, más guapos y más buenos. La selección es imparable, el hombre la dirige.


 

 13

 PROLOG

Nimis magnum est

 

Me pasa esta mañana gloriosa, y como es tan extraño que yo reciba mi senectud con tanto vigor, y tan rectamente, a pesar del riesgo que supone escribir sin apenas guión, formalizar sin apenas idear, te iba a escribir " Tendrás tu prólogo". Para no errar y estar a la altura de tu libro, te propongo un movimiento de ideario: la construcción del hombre en la Naturaleza, la distancia que hay, por la selección,  entre la rosa salvaje y la cultivada, entre el lobo y mi Yorkshire, entre los hombres primitivos y guerreros, con expediciones griegas a Persia y vuestro movimiento de hombres y solo hombres, son muchas ideas para hacer un ejercicio meramente literario y poético, para encontrar lo que el hombre quiere y selecciona también en el hombre: hacia dónde vamos, qué hay en esa marea humana de muchachos que superan casi todos ellos nuestra altura, que se vigorizan, que se  desprenden del vello. Puede llegar a ser un buen artículo, siempre con la vista puesta en tu libro, para que pueda ser leído por los doctos de la Terapia como un ejercicio más de la profesión. Te lo propongo. De mi parte lo que ayer me abrumaba hoy me ilusiona, como ilusiona una cuartilla en blanco y me impele a escribir. ¡ Quién se resiste a escribir o de esto no hablo! Porque saber, saber, de nada sé salvo escribir, aunque sean mentiras, porque mi verdad es escribir y hacerlo lo mejor que pueda. Acabo como empiezo: la vejez, que tememos y creemos es el fin, resulta que está tan intacta como el viejo olmo de Machado, con sus ramitas verdes, con su juventud eterna. 

Ilusionante esta mañana.


14

LA LIBERTAD O LO CONTRARIO

 

¿ Qué es la libertad, lo que solamente otros me pueden dar o una cosa que solamente yo mismo puedo darme? Aún en este supuesto, qué es más todavía la libertad, lo que es ley, lo que puede no ser ley o exactamente lo que yo quiero. Voy a hacer un ejercicio de cosas que he ido hilvanado a través de mi vida, que tienen la necesidad de salir y hablar. Necesito hablar y al mismo tiempo quiero oírme como esos malos discurseadotes que les gusta oírse en el burlón eco de las paredes ante un público que parece oírles a ellos también. Quiero hacer mi libertad, descubriéndola y dándole una vida. Porque a estas alturas de mi vida todavía no sé si he sido alguna vez libre o si ni siquiera puedo serlo nunca por escasez de mí mismo.

 

En un mundo mega estético, recién salido del mundo, apenas unos muchos millones de años, la libertad es algo cojonudo, supone que si tienes los dientes más largos te comes a tus vecinos, que si tienes los cuernos más largos te follas a tus vecinas, que si tienes los pulmones más grandes aterras a las montañas. es un mundo idílico, un paraíso, donde la ley del más fuerte es la ley. No hay retruécanos moralistas, ni unos señores empeñados en saber los misterios del Todopoderoso que es el único que prevalece del mundo mega estético. Me tengo que convencer día a día, más que con meditación, que es algo así como rumiar hasta majaderías indigestas, con halietación, ese diario fluir del pensamiento que puede improvisar y hallar en sí mismo, algo así como un placer solitario, un deja vu que nos dejaron los del mundo mega estético. Me convenzo: mis antepasados fueron esos monstruos enormes que dirigen mi parte más pura y sin artificio, mi ser, mi sexo, mi hambre, mi hastío, mi miedo auténtico y hasta el sueño para reparar las digestiones. La libertad es un enorme grito entonces, bravucón, que nace de las entrañas y se enfrenta a las rocas y a las galaxias, de tú a tú, sin complejos, sin ambiciones, solo por ser, por decir aquí estoy yo y hago lo que me da la gana. Al fin y al cabo para todos aquellos que en todo ven una finalidad, los ultraístas, han de reconocer que quedarán los más fuertes y que en la Naturaleza el mundo mega estético rige con rigor solemne y sagrado: puede el que más puede hasta que un pedrusco provoca un cataclismo y se acaba todo en un plis plas. Mágicamente, por supuesto, bajo esta apariencia de todo un bravucón hay un mundo sutilísimo en el campo de la física de equilibrios, mínimos, que sugieren un plan o una necesidad absoluta, las cosas solo pueden ser de una sola manera, la contingencia universal, algo así como el determinismo materialista que decían los marxistas y hegelianos. Unas de las leyes no escritas pero verificadas es que una cadena de sucesos es algo que se repite en todo lo que bulle y que tiende a repetirse indefinidamente, apocalípticamente, salvo que no pase nada.

 

Me tengo que agarrar a mi mundo mega estético. Es fascinante. Es la raíz de mi libertad. Mi otro yo muere a veces bajo este disfraz que las gentes, normalmente malignas y raquíticas, se han inventado para hacer crecer sus negocios. Un pseudo ser me dicta las normas de una oscura tradición, las leyes que solo sirven para perder, la enorme incultura a que tiende el hombre civilizado en todas las civilizaciones, la crueldad, el hacer daño por solo hacerlo y seguir mandando. Mi hombre auténtico ha de sufrir y hasta morir si yo traiciono la verdad de los sentimientos y mis necesidades por aforismos y ritos simplones. La libertad será conocer al hombre de adentro, seguramente el que me hará feliz. Luego, huir de lo cómodo de repetir lo que nos dicen otros, lo que nos hablan muchos, es un ejercicio elemental: hay que huir del mono de imitación que nunca estuvo en el mundo mega estético y nunca estará en ningún paraíso.

 


15

 EL PODER

 

Últimamente me decía a mí mismo lo difícil que es a los corrientes dar una opinión sobre cualquier asunto y mucho menos ordenar los asuntos de acuerdo con nuestros gustos y nuestra razón, porque nada podemos. Hay que conquistar el poder para imponer la razón, pero viceversa nunca cuela, algo así como en la física sucede con el estado de gel a sólido que suele ser irreversible. O mandamos o nos mandan.

La tragedia según la veía yo entonces era que hay la posibilidad que las cosas se desarreglen y que otros hombres con ideas casi malignas suplanten las esferas del poder e impongan o dejen pasar dolor y sufrimiento a los pueblos, sin que podamos hacer nada, nada más que votar de tarde en tarde y los otros sean más hábiles y ganen las elecciones y con ellos venga el caos, vuelva el caos, que ya lo hubo en la historia aún en las normas más rígidas y feudales.

 

Solos las gentes inteligentes y a temprana edad supieron que hay que conquistar el poder para hacer el bien incluso. Sin poder hasta el bien degenera en maligno por inútil o desusado. Hay que empezar a distinguir entre lo que es justicia, que propende al bien, de lo que es poder, término más rústico pero explícito, real, avasallador. Sin poder tampoco hay justicia. De nada me vale estudiar y prepararme el entendimiento en busca de la verdad si no tengo poder para verificar esa verdad y hacerla posible y buena. A veces vale más una patada que una oración gramatical, pues aquella es poder y ésta es solo conocimiento. Yo mismo entiendo que el poder está unido a la violencia, creo que el Universo es esencialmente violento. En el reducto humano, la justicia y la razón tratan de hacer azaroso el mal por inevitable y contingente, principio de la física este último que mueve las cosas en el mundo y no el bien por sí mismo, aunque al final, en el equilibrio las cosas sean buenas y nos lo parezca a los hombres. Lo poderoso se sostiene y lucha por seguir gozando su área de libertad. Los conflictos y las guerras que hacen vibrar los átomos de la física están bajo el retrato de las galaxias, tan bellas y pacíficas en su color rosado. En el cogollo del Universo está el poder.

 

Pero yo no tengo poder y cuánto lo siento en estos momentos que asisto a la falta de inteligencia de los que nos gobiernan. Tendrían que ser santos, además de inteligentes, para hacer cosas inteligentes, pero por medio hay decisiones, miedos, componendas y entre unos y otros, los otros por los unos, no toman las decisiones justas o lo hacen después de que los malos se hagan fuertes. Necesitamos aire nuevo y este aire viene en aquellos que estén más libres, la libertad también propende al bien, a lo mejor incluso en todos los órdenes de la vida, pues que la vida en el universo es la satisfactoria forma de tener libertad y la seguridad de que esta sea continua. La vida cuanta más libertad encuentra más vida hace y más fecunda y mejor desarrollada. Cuando la vida echa de menos el poder y su libertad empieza estar decrépita y a punto de fallecer. Esto nos pasa a los hombres que no hemos tenido la precaución de conseguir el poder, solo nos quedan las lágrimas y el sufrimiento.

 


16

LA FELICIDAD

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente

te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa,

puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda (1904-1973) Poeta chileno.

 

Supongamos que la felicidad es algo vivo, en la gran vida de los universales, los arquetipos, en la gran vida de lo inexistente. de tal manera que alguien alguna vez pueda decirse he logrado alcanzar la felicidad, como algo externo a mí que he conquistado y, por el contrario supongamos también que la felicidad es lo más intrínseco del hombre, de manera que pueda decirse solo soy feliz en mi interior con mis cosas, mis pensamientos, mi estado mental y mi buena salud física. Y pensemos ambas cosas al mismo tiempo. Todo es dos si quiere ser uno.

 

Ya sea Dios o los hombres la felicidad es un estado que existe. En la vida de todo hombre hay momentos de felicidad y si no los hubo nunca yo quiero que los haya, le participo mi felicidad comparto en mi corazón mi felicidad y los lleno con mi felicidad, nada hay más amargo que un hombre no tenga derecho a ser feliz por el solo hecho de nacer. El mundo ha de ser feliz.

 

Todos hemos renunciado a aquella felicidad de los grandes éxitos y el mundo anciano ve con indulgentes ojos esa pugna por ser feliz de los mortales, pues todo es perecedero y tiene límite en tiempo y en medida. De todas las cosas frugales la felicidad es la más evidente. Muy sensatamente Sócrates la entendía como el bien interior, y la hacía de este modo cuasi eterna. La felicidad como justicia es la mejor entendida, pero abandonemos lo profundo para estudiar la profundidad, usemos el metro para sondear los abismos de la grandeza, hundámonos en la puridad.

 

Hay que estar preparados para ser felices y tener un presupuesto de felicidad por si llegan los buenos tiempos y nos dan medidas con exceso más allá de nuestros méritos. Una de las cosas más peligrosas para la felicidad es un pasado feliz. Aquello que murió bien muerto está, ahora son cosas que no nos harían felices pues murieron ( Nosotros mismo somos muertos vivientes, nos hemos muerto millones de veces en nuestra sangre y células y no es tan trágico, al contrario, renovarse o morir) predispuestos a ser felices y contentarnos con las pequeñas cosas, buscando las virutillas de la felicidad, el aroma de la felicidad, la fungibilidad de lo infungible.

 

Puestos a suponer, como hacían los griegos, la felicidad es una mujer hermosa, una diosa carnal. Naturalmente no infinita, sin rasgos, quizás como el auténtico Dios que nadie ha visto, sino una diosa menor de la Pléyade romana o de la Olympia griega, con sus vestes y fiestas, sus túnicas vaporosas sobre hermosísimas carnes. La felicidad es el sumo de los placeres, con instantes tan supremos que parecen eternos. Es real, está al otro lado y puede meterse en lo más íntimo de nuestro corazón. Su paso de lo material a lo espiritual la hace ser esencial para la vida misma. Por ello todos los vivientes quieren seguir vivos, siendo su aliado el contrario de la felicidad el dolor, que avisa que perdemos nuestra felicidad. El camino de la felicidad está en poner toda nuestra mente en ella. Yo creo que el más inteligente de los mandatos divinos que transmite la Biblia es el amarás con toda tu mente, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas. El que quiere algo en la vida ha de quererlo así. Hay que buscar la felicidad con toda nuestra mente, todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas. Seremos nosotros mismos, los únicos, requisito que entendí al principio de este trabajo como requisito para ser felices.

 

Ya estoy tratando un tema el de la felicidad y me bulle otro aun más estimulante: la vida. Pero seguiré con el propuesto que está muy unido también al concepto de vida, ahora que la buscamos fuera de la Tierra ( es inequívoco, si la vida no existiera fuera de la Tierra existirá, la llevaremos nosotros, pero ha de existir, grande, variada, en la gran contingencia que es el Universo). La felicidad como una diosa o como una figura solo es algo externo al hombre, está en las cosas externas y está en nosotros luego que la disfrutamos. Indulgentemente por mi parte yo la entiendo que está en nosotros con cualidad de esencia, para ser felices debemos ser enteramente quienes somos, nuestro ser intrínseco, aún poniéndonos en lo peor ( me cuesta mucho condenar a alguien por malo) también deben existir los dinosaurios y aquellas bestias que llenaron la Tierra por millones y millones de años buscando su felicidad. Hemos de condenar, porque la Naturaleza no los ha hecho tan malos, a quienes son felices con el dolor ajeno, por ser una fealdad del alma y del cuerpo. El que ama ama dos veces al menos, el que odia ni se quiere.

 

La felicidad es intransmisible, es un sentimiento intrínseco a la persona, tal como la estoy estudiando, aunque hay felicidad en hacer el bien y llevar felicidad a otras gentes, pero como concepto esencial nunca es social sino individual, pese a que haya sociedades de felices o se sea muy feliz en la sociedad. La felicidad como el alimento está hecha para ser gustada por el individuo, quien habrá de estar preparado para recibirla de la mejor manera: cuidando su cuerpo y su espíritu, buscando la felicidad del otro sin envidias ni rencores y sin medida del tiempo, el pasado pasó y ya no vale. Algo de estoicismo hay en el hombre feliz cuando sabe perder incluso cosas virtuosas como los amigos, la belleza o la familia, porque con ser buenas cosas no son la felicidad del individuo, lo que nunca se debe perder es la confianza de que algún día seremos felices y nos pillará la felicidad con las maletas hechas, como las vírgenes sabias, con la luz encendida.

 

Y por último, una apuesta sobre el descubrimiento de la felicidad: todos somos felices si estamos vivos: la vida es la felicidad, los dolores, el sufrimiento, cuanto en la vida nos hace desgraciados son las excepciones que confirman la regla. La vida, que es algo más que la existencia, es el movimiento, la inteligencia, la previsión y el dominio de la materia por ser lo más excelso de cuanto existe también es con ello la felicidad. Pero algo tan obvio no convence ni siquiera a los sabios que buscan una justificación externa a la felicidad. Para ser felices hay que tenerlo todo, luego es imposible. O solo hay que estar vivos y es empezar a ser felices con lo que tienen otros. Esto es una clase de inteligencia que nadie entiende porque la humanidad todavía no ha crecido lo suficiente.

 

José María Torres Morenilla

 

 

Iniciado: Madrid, febrero 9, 2011

Último agregado: Madrid, abril 11, 2019

 

 

LOS POEMAS DEL SER

 

©JOSE MARÍA TORRES MORENILLA