DIBUJOS DE GRANADA

 

de

 

JOSÉ MARÍA TORRES MORENILLA

 

 

 

 

Comentados por Alfonso Colodrón

 


 

(Detalle de "Sierra Nevada" de José María Torres Morenilla)

 

 

 

PRIMER MOMENTO

He visto tres veces la galería de Granada. La primera vez me dio saltos el corazón y no sólo por paisanaje. Tenía ganas de beber en las fuentes, esconderme en la lujuriosa vegetación, reposar en los muros de adobe y tierra, refrescarme en la pureza de la nieve, navegar por tus cielos arados, penetrar en el misterio de tus ventanas y puertas...

Alfonso Colodrón

Bosque-Composición en Tintas (©Javier Colodrón)

 

GALERÍA

 

"El balcón de los pintores" (Acuarela-torres morenilla, josé maría)

 

Nunca supe dibujar ni pintar muy bien. O, al menos, eso creí durante toda mi infancia, porque ya había un hermano mayor, Javier, que era el artista oficial de la familia. De hecho, toda la vida ha seguido pintando, dibujando, creando universos de miniatura, expresión de su vasto mundo interior.

Sin embargo, desde este balcón-atalaya, creo que cualquiera puede ser un buen pintor. Uno puede adivinar el rico universo desplegado a sus pies. Los amplios horizontes divisados en lontananza. Los colores cambiantes de la aurora y del ocaso. Casi se pueden olfatear los mil olores que suben del mercado y del tráfago que antaño alimentaban burros cargados de artesanía de cobre gitano. Desde ese balcón se oyen las campanadas de decenas de iglesias vecinas, el retumbar del martillo del herrero, las herraduras de las caballerías sobre los adoquines.

Sí, cualquiera puede pintar el mundo desde esa atalaya que el pintor ha destacado elevándola y oscureciéndola, haciéndola el centro del cuadro, atrayendo la mirada del observador como un imán deseoso de cazar una buena pieza y dejarla para siempre imantada.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

"Iglesia de Santa Ana" (Acrílico-torres morenilla, josé maría)

 

Pocas veces entré en esta iglesia durante mi piadosa niñez prestada. Herencia genética o cultural: abuelos católicos practicantes, por parte de padre y madre. Tío jesuíta, tía misionera teresiana en Brasil, tía médico-misionera en la India. De hecho, estaba destinado a ser cura -obispo según los deseos de mi madre-. Y en esta iglesia me bautizaron, simplemente porque estaba a dos pasos de donde nací. Pero era iglesia de barrio, y de barrio antiguo. Luego nos trasladamos a la otra punta de Granada. Lo normal era ir todos a misa a la parroquia más cercana. Años de posguerra civil, años de posguerra mundial. La familia lo era todo: el refugio de tanta barbarie en la memoria y de tantas penurias en las rutinas cotidianas.

Sólo después de muchos años he empezado a apreciarla: esbelta por emparedada entre la Alhambra y el río Darro. Elegante en sus prácticas dimensiones. Integrada en el paisaje de casas circundantes, sin sobresalir en exceso con el poderío orgulloso de las basílicas, catedrales e iglesias que tenían que dominar sobre los castillos feudales. La pinta el pintor como si fuese una reliquia recatada y cerrada al culto. Tal vez en una tarde calurosa de verano en el que los calores no resaltan las formas, sino que las diluyen. Parece pintada para ser encerrada en la urna de los recuerdos y la nostalgia y que nadie la mancille ni modifique.

No sé si el ciprés anhela alcanzar la altura del campanario o simplemente apunta a la campana cual flecha indicadora de los compases de las tareas semanales. Los días y las horas. Dos ojos nos miran y una boca cerrada nos invita al silencio.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

"Claustro de Santa Ana" (Acrílico-torres morenilla, josé maría)

Cuando me regaló el original, que tengo colgado frente a mi escritorio en estos momentos, me dio un vuelco el corazón. Me remitió a memorias no recordadas, sino contadas. En esa Iglesia me bautizaron con los nombres de Alfonso Carlos Rafael de la Santísima Trinidad y de Todos los Santos. Era manía del párroco añadir los últimos nombres, en función del día del nacimiento y como coletilla, para que el bautizado tuviera el máximo de protección aquí en la tierra. Y parece que era necesario en aquellos años de caspa y hambre. Fue el año en que acabó la Segunda Guerra mundial, es decir, el siglo pasado. Y los colores del cuadro parecen de postguerra. La realidad es más verde. También lo era entonces, pues las bombas habían caído en Guernica, Madrid y otras poblaciones, pero nunca cayeron sobre Granada, donde sólo cayeron balas. Entre otras, las que mataron a Federico García Lorca. La casa en que nací estaba enfrente y mi retina retuvo muchos días esta imagen, aunque no mi memoria, pues el olvido, los olvidos, son el mejor antídoto contra la infelicidad y la desesperanza. Ahora es un buen cuadro, que remite a un monumento histórico, bordeado por el río Darro, en cuya Carrera se han hecho restauraciones dignas de contemplar y admirar. Gracias, Jose María Torres Morenilla por esa fidelidad nostálgica a tu patria chica, a nuestra ciudad común de nacimiento. Ojalá contribuyan tus cuadros a que la Alhambra, que da sombra -y respalda- a la modesta iglesia de Santa Ana, sea reconocida un día como una de las Maravillas del mundo.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

 

"Carrera del Darro" (Óleo-torres morenilla, josé maría)


Gatolandia es la primera palabra que surge al contemplar este río Darro, tantos días recorrido corriente arriba y corriente abajo en los años escolares. A pie y en autobús, tan viejo que lo llamábamos tartana. Tan lento que nos permitía contemplar el agua y sus orillas, y los cientos de gatos que por allí deambulaban y que, haciendo de necesidad virtud, habían formado una gran comuna, quiero imaginar que anarquista, sin alcaldes, presidentes ni reyes, pues parecían felices y las peleas eran pocas, y siempre por una hembra en celo.  Veíamos incluso cómo algunas vecinas les echaban cada día raspas de sardina, glorioso banquete en los años cincuenta, que ya es siglo pasado, pero que, a diferencia del agua que "no mueve molino", es un siglo que sigue influyendo en éste. Y mucho. El puente, que no recuerdo haber atravesado nunca y ahora lo entiendo. Es más techo y tejado para guarecerse de la lluvia, casa de gatos que no se debe pisar, que camino sobre el río y tránsito de una orilla a otra. El el margen derecho, según se remonta la corriente, no se nos había perdido nada. De hecho, ni siquiera existía en nuestra imaginación, pues una gran parte eran murallas sin camino, que se desplomaban sobre el río como un río de lava endurecida o más bien era un dique que contenía las aguas de Darro cuando bajaban crecidas en días de lluvias torrenciales, escasos y raros, pero acaecidos. Todavía está vivo el recuerdo del Paseo de la Bomba, explotando, como su nombre indica, por las aguas subterráneas del río que atravesaban la ciudad por debajo de los adoquines, hasta llegar al río Genil. Y, al fondo, el colegio del Sacromonte, meta y destino mañanero de lunes a viernes, que sólo veíamos en nuestra retina todavía adormecida, ya que las curvas y los recovecos lo tapaban a la vista. No tenía yo mucha conciencia de haber nacido en el margen izquierdo -por algo será y todo se pega-, donde sólo viví mi primer año de vida, aunque mis pulmones sí lo recuerdan aún, pues sus humedades me empaparon y los catarros y bronquitis posteriores deben ser sólo añoranza de los cuidados maternos recibidos esos primeros meses de bebé alucinado: la Carrera del Darro. ¿Qué carrera ni qué ocho cuartos si era tan estrecha que nadie podía por ella apresurarse? El escaso tráfico rodado tenía que acomodarse a burros, caballos, mulos y carros que transitaban por ella. Hacia arriba, hacia el Albaicín y el Sacromonte. Hacia abajo, hacia la Plaza del Carmen y la de Bibarrambla y hacia el mercado, supongo, pues no recuerdo qué cargaban. Sólo una burra sé qué llevaba encima: la burra de don Luis, sabio canónigo, doblemente sabio, pues tenía la sabiduría de los años y, además era un científico de los de antes, que en clase de Ciencias a veces nos hablaba de sus descubrimientos de laboratorio. Siempre en burra y con su manto, a los gitanillos que se cruzaban en su camino, ni un solo día dejó de darles caramelos, al tiempo que les decía: "Tomad y que os endulcen la vida, que bien amarga es". Y a mí que me parecía que la vida de canónigo era una vida regalada la frase me parecía enigmática e imaginaba acosos y envidias por él sufridas, o tal vez censuras por su mente abierta de sabio explorador de otros confines y cuestionador de las verdades oficiales. Por lo menos sí que era regalada la vida de Don Zótico, el abad, que disfrutaba de sus aposentos en soledad y privacidad exclusiva. Que disponía de un patio con fuente para él solo y de un jardín y huerta con fresas -lujo de aquellos años, pues no se vendían en el mercado y casi nadie las cultivaba-. Pero, sobre todo, que daba de comer jamón del bueno a su perrito, en una época en que sólo veíamos el jamón en Navidades, y no todas las Navidades, ni en la mayoría de las casas. Pero... me he ido del cuadro o el cuadro se ha escapado de mi vista a medida que la pantalla ha ido bajando y el cuadro ha quedado arriba en una esquina, fuera de la vista, como, por momentos, el Darro y su Carrera, el Sacromonte, sus cuevas, Colegio y Abadía desaparecen de mi memoria. Volvamos a la pintura. Esos balcones siempre vacíos, salvo cuando, en Semana Santa, pasaban las procesiones y alguien se asomaba para cantar una saeta. El resto del año, sólo algunos geranios y claveles, que nunca veíamos regar, ni siquiera cuando nos goteaba el agua encima. Manos ocultas, habitantes encerrados, mujeres tras las rejas de la cotidianidad y la discreción de la vida familiar. Y el cielo, límpido la mayoría de las veces, y la luz y sus sombras y las sombras recortadas por su luz... en el verde y el marrón. Granada son colores y olores, no sólo "agua oculta que llora", pues las aguas del Darro y del Genil se muestran y saltan cantarinas, al menos en mi memoria. Y ni piedras ni arbustos las detienen, aunque sí de ellas se alimentan. ¿Por qué no hay flores, Morenilla, en tus balcones? Aun en invierno hay flores en Granada y en las casas más modestas, claveles y geranios rojos... tal vez, el único rojerío permitido, quince años después de acabada la guerra civil. Nunca vi geranios azules ni claveles negros. Ni siquiera en los años oscuros de haces y flechas. Echo de menos los geranios y los claveles rojos, y su olor y la sangre contenida en su corazones pletóricos de vida. He dicho.

 

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 


"Granada, interior de la Catedral " (Técnica mixta-torres morenilla, josé maría)

He tardado un año en adentrarme en esa catedral imponente y oscura. Me sentía hormiga aplastada por la densidad de las hornacinas y la robustez de las columnas. Hormiga insignificante y pecadora. Tan altas las vidrieras que apenas mi vista su luz alcanza. Más que recogimiento me produce sensación de pequeñez. Tal vez se mezclen los recuerdos de los "jueves santos", cuando se hacían "visitas al Santísimo", en olor espeso de incienso, cuya humareda apenas dejaba ver la multiplicidad de pequeñas llamas que consumían los racimos de velas apiñadas por doquier.
 

Más que vía al Misterio, escalera a lo Incognoscible, los altos muros se me antojan frontón donde rebotan pensamientos y oraciones, deseos y temores, remordimientos y propósitos de la enmienda, penitencias y anhelos de volar, de escapar por uno de los altos y estrechos vitrales.

 

Pero el cuadro tiene volumen. Ahí está el milagro. Llenar de oscuridad y luz, de piedra y altar, de santos y apóstoles escondidos en sus alturas, un lienzo plano y blanco. Eso es crear. Crear de la nada, pues ausencia de color es el blanco, como ausencia de vida es la tumba que sólo el silencio puede unir. Solitaria la custodia parece entonar un Tantum ergo o devolverlo en susurros como eco a los fieles que ya se fueron. O tal vez estén, pero ausentes en sus cuitas rituales, en los paréntesis sentados de sus quehaceres cotidianos.

 

Retumban los pasos quedos de mi partida.

 

Agur, me voy a otros paisajes y a otros cuadros. Necesito el aire y el paisaje. El árbol y la flor. El agua de la fuente, la nieve de la sierra y la silueta de la Alhambra.

 

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

"Campos de Granada"(Lápiz-torres morenilla, josé maría)

 

"Aquellas palomas que giraban en vuelos caprichosos entre las torres chatas de la catedral" se habían escapado de su interior por uno de los vitrales rotos. Llegada la primavera prefirieron el "menosprecio de corte y la alabanza de aldea". Se hicieron nómadas taoístas entre los olivares ya vareados por aceituneros altivos cuando empezaron a verdear los campos en el inicio de la primavera.
Sí, todo esto suscita la visión de amables montañas que encuadran un horizonte cercano y alcanzable. En primer plano, sanos y robustos olivos, plantados por árabes expulsados por la muy "Católica Reina". Ellos se fueron pero su huella ecológica, positiva y perdurable, permaneció por los siglos de los siglos, desafiando la intemperie, las guerras, las herencias y el cambio climático. Aceptando el aguacero y la sequía. Año tras año dando olivas, aceite virgen del bueno. Y sombra poca, pero suficiente para un alegre refrigerio y una holgada siesta.
Paisaje humano, "civilizado", con aldea o cortijo escondido y pantano al fondo.
Un cuadro para reposar la vista. Un paisaje para descansar a lo largo de la jornada, transitada en burro, a pie o en bicicleta. Un lugar para vivir, morir y ser enterrado al pie de un olivo de la paz.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

 

"Detalle de Plaza de Bibrrambla" (Acuarela-torres morenilla, josé maría)

Envidiada plaza de Bibarrambla, paso obligado de mi casa al Instituto, y también ubicación de la casa del buen amigo Valentín Domínguez, desde cuyo balcón podía contemplarse el desfile de gigantes y cabezudos, sin el temor de verse golpeado por una de las vejigas con que los cabezudos daban en la cabeza de los asustados niños, siempre en primera fila por insistencia de nuestros mayores, a pesar de nuestro miedo, no sólo a ser golpeados, sino a ser pisoteados por  las parejas gigantes, formadas por el rey y la reina moras y por  los cristianísimos reyes vencedores -supongo que Fernando e Isabel- En esa plaza se ponían las "carocas" (ignoro si sigue haciéndose), única oportunidad de criticar a las autoridades en aquellos tiempos. Eran caricaturas con comentarios de "actualidad" sobre la vida local -social y municipal-. La censura de aquellos tiempos permitía una pequeña válvula de escape, siempre controlada y mientras no se pasasen los límites: la moral, la decencia, los Principios fundamentales del Movimiento, el legítimo derecho de los vencedores a imponer su visión del mundo y, sobre todo, su régimen económico preindustrial y predecimonónico. La representación del pintor es muy luminosa, exultante más que alegre, aunque algo escasa de gente. Yo recuerdo siempre el bullicio de la plaza, excepto a las horas tempraneras en que, por aquellos tiempos, iba a misa a la cercana Iglesia de los Jesuítas. En esas horas sólo se veía a los regadores con sus mangueras levantando frescor del suelo y dejándolo limpio como una pista de baile. Pero la luz está muy conseguida. Doy fé de que ésta es la luminosidad aún de la plaza. Y también la de aquellos tiempos.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

 

Paisaje de Granada, detalle (Óleo-Torres Morenilla, José Mª)


Se me saltan las lágrimas al contemplar este paisaje. Has dado, pintor, en el centro de la diana, la diana de la infancia y la nostalgia. No morriña, sino saudade. Un sentimiento que no es deseo de vuelta atrás. Una especie de densidad del alma cuando le cae de pronto encima la certeza de todo lo vivido. Lo vivido en la infancia como una continuidad que nunca se acababa. Como una eternidad repetida verano tras verano: el calor, las piedras, los caminos polvorientos, la vegetación milagrosamente agarrada a la roca y al ocre. El color desvaido, pero inconfundible, de los largos atardeceres. 

Es un paisaje que está en todas partes y en ninguna. Es un paisaje universal de Granada, pero que podría ser de cualquier otro lugar de Andalucía o del Magreb. Del reino andalusí por encima de los avatares históricos o de las reivindicaciones políticas. Un paisaje que no necesita ser contemplado para existir, casi poslunar o prelunar, según se mire. Un lugar donde el alma desnuda puede enfrentarse a su soledad y también a su pertenencia a la tierra toda entera, al cielo como su único techo. Al cosmos en definitiva. No hay nadie, pero toda la Humanidad podría yacer bajo montañas, vegetación y camino. O ponerse a plantar flores y convertirlo en el Nuevo Jardín del Paraíso.

 

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

Detalle de un carmen de Granada (Lápiz -torres morenilla, josé maría)


El Carmen


Pasaron cosas en aquel Carmen abandonado. Cuando ya se habían apagado los ecos de conversaciones y susurros, de risas y llantos, de secretos apenas guardados y de las migajas caídas al suelo, desparramadas por los gorriones que acudieron al último desayuno de la familia que se desterró a la Villa y Corte.
Una hija de la familia aparecía de vez en cuando con amigos... y desaparecía dejando su nostalgia en las paredes y su resplandor sobre las hojas... y algo de su llanto callado en el murmullo incesante de la fuente. El Carmen recobraba de tanto en tanto vida, en la nocturnidad de las cópulas furtivas, silenciadas en ahogos y suspiros: las paredes de todos los cármenes son puros oídos que ven y ojos ciegos que todo lo oyen. Discreción e intimidad. Los rumores quedan encerrados entre la maleza de enredaderas y madreselvas, enamorados de la fragancia del jazmín y la celinda. Ningún historiador logrará acabar jamás las historias hilvanadas tras las rejas y las contraventanas cerradas a la calima estival y al frío seco de la nieve de la sierra. ... y el ciprés que anuncia una sobria hospitalidad: agua para el caminante, pero no posada, que para ello se requieren tres cipreses, y dos para un plato de lentejas o unas migas o un gazpacho. Vigía permanente del trasiego de burros y cobres, campanario callado a la escucha del parco tañido procedente de la Torre de la Vela y del tímido roce de las aguas del Darro al mojar los bigotes de los miles de gatos, libres y comuneros, que reivindican los sollozos de Boabdil y el dolor de la pérdida. No es debilidad entregar lo que más se quiere, para librarlo de la destrucción y de la orgía, para que otros lo disfruten. Granada, símbolo del universo en sus granos antes de desgranarse... Un cuadro es más que una novela. Puede desvelar la historia y las vidas que la componen. El pasado irrecuperable y un futuro imaginado. Éste es compacto, pero no denso. Concreto y misterioso. Abigarrado en su armonía. Rotundo como un buen vino, que recuerda el verde de la uva del que procede.

¡Qúe fácil soñar y recordar, imaginar y revivir lo vivido, cuando la imagen nace del alma y del cariño!

 

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

Alhambra de Granada

 

 

 

"Imagen de la Alhambra"(Acuarela-torres morenilla, josé maría)

 

 

Ésta es la cara oculta de la Alhambra. La que no es turística. La que no sale en las fotos. La otra es la imponente e inaccesible, como el cuadro "Torres de la Alhambra". Esa fachada es casi zen, como el cuadro mismo. Rotundo, inmediato, sin adornos ni florituras. Esencial. El observador y lo observado se funden cuando no hay distracciones, ayer ni mañana. Sólo ahora, aquí. El meditador sentado frente a la pared en posición de loto. Pero, para observar esta cara oculta, hace falta callejear, mirar a lo lejos, ascender trabajosamente las empinadas cuestas, sortear las esquinas, irse empapando de cal y geranios -aunque éstos no aparezcan en los balcones del cuadro-, entretenerse en las conversaciones de los habitantes invisibles. ¡Ah, Morenilla!, ¿por qué no aparecen pobladores en tus cuadros? ¿Por qué pintas a la gente de uno en uno sacándoles el alma? Sé la respuesta, pero la callaré. Toda pregunta, en cuanto es formulada, tiene su respuesta callada en el preguntante. Cualquier mala pregunta, como cualquier problema mal planteado, no tiene respuesta posible ni solución alguna, por muchos años que uno dé vueltas al coco. También el silencio es una respuesta, como el silencio de tus cuadros que recrean paisajes y recovecos en los que sólo tú penetras mientras los pintas. Como si quisieras apoderarte de Granada entera y gozarla tú solo, para que todos gocen de ella sólo a través de tus cuadros. Tú eres el paseante solitario de estos callejones oscuros y áridos que parecen no tener más salida que desembocar en ese magnífico palacio, más que castillo, que es la Alhambra. Callejones que impiden el paso de hordas turísticas en peceras de cristal, mal llamadas autobuses para tours.


Torre de la Vela


Esa Torre de la Vela, tan cercana y familiar y tan altiva e inalcanzable. Nunca vi velas rectangulares que dejen pasar el aire por su centro. Gran astucia para hacerse inconmovible y quedar enraizada por los siglos de los siglos entre murallones, cipreses y nubes. La farola no te alumbra, que luz no necesitas, pero tú si realzas su figura negra y no te importa que a ti en tamaño y prestancia se te iguale. Nunca logré pintarte a mi gusto, pues la acuarela que salía de mi mano era siempre un pálido reflejo y plano de tu misterio. Al amanecer te veía y también al atardecer, mientras regaba los geranios y claveles de mi madre en la terraza. Yo te miraba, pero siempre me sentía por ti observado, sin juicios ni premuras, distante, pero casi al alcance de mis aguas, que bien habrían venido a tus muros sedientos a punto de agrietarse como los terrones de las tierras de labor bajo el sol de justicia de agosto. Recorrí con amigos tus recovecos empinados y tus esforzadas escaleras y nunca nos negaste tu recompensa: Granada a nuestros pies, que eran los tuyos. Las cuevas recién encaladas del Sacromonte, los Cármenes encaramados unos sobre otros del Albaicín y muchas torres de iglesias, enanas desde tu imponente altura. Pero lo más mágico y asombroso era la multitud de sonidos que recogías con una pureza de cercanía y de brisa serrana: las herraduras de las caballerías sobre las calles, las voces y risas de los escolares en recreo, el yunque del herrero trabajando el cobre, y otro centenar de sonidos mezclados en rumor de ciudad viva y medieval, llena de oficios y movimiento, de mensajes y murmuraciones, de apagados suspiros de amor y clamores de gozo tras las rejas enclaveladas de rojo corazón. Tú, Torre de la Vela, eres la mitad de la Alhambra y has moldeado mi corazón a tu imagen, aunque no a tu semejanza... no del todo, que otros vientos y otras visiones lo redondearon y arrancaron de cuajo, para enraizar bocabajo, con las raíces en el cielo y la copa hacia la tierra, imitando el gran Urukshaya, el árbol del paraíso que sostiene el universo hindú.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

"Jardín de Alhambra, con fuente"(Acrílico-torres morenilla, josé maría)

 

Granada: "agua oculta que llora", decía Federico -¿hace falta poner García Lorca a estas alturas?- Pero, tú, Morenilla la desvelas y desocultas. La llevas a primer plano. La desnudas y haces danzar, protagonista del jardín, pues si el jardín Zen se caracteriza por sus piedras y arena, el jardín árabe es agua y sus reflejos, agua y sus susurros, agua y su invitación al gozo de la vida, a la sensualidad de la creación. El verde, en segundo plano, es sólo la consecuencia del agua, es su telón de fondo y siempre me faltan las flores. Aunque, a decir verdad, más llama la atención en los jardines de la Alhambra sus setos en perfecta geometría, sus laberintos empedrados en pintorescos dibujos que se repiten. ¡Qué contraste el verdor de los jardines con el secarral que rodea Granada por el norte y el oeste! Y ahora que se perdió parte de la vega, ¡qué contraste con el pedregal volcánico que va ascendiendo hacia Sierra Nevada por su cara norte!

Siempre pasé calor en Granada. Sólo los jardines de la Alhambra y el Generalife podían aliviar la tensión de las subidas de temperatura de junio, julio, agosto. El calor, la calor, los calores, las calores... Llegado a este punto... penumbra de persianas cerradas, largas siestas de infancia trampeadas en juegos siseantes y, desde las 7h de la tarde... las vecinas salpicando agua en los patios y porches con el cubo en una mano mientras la otra se agitaba grácilmente como las aletas de un delfín.

¿Acaso hay jardín de la Alhambra sin fuente o estanque? Mejor título aún: fuente de la Alhambra con jardín al fondo.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 


 

 


 

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"Vista de Sierra Nevada" (Óleo- torres morenilla, josé maría)

No es esta la Alhambra que se divisaba desde la terraza del ala oeste del ático de mi infancia. Calle Alhamar 26. La sierra quedaba a su derecha y no detrás. Pero sí es un calco de su cercanía, casi al alcance de la mano. De una mano inexperta que hacía pinitos en pintura y sufría por no poder reflejar diversos planos, sombras y luces, colores tan vívidos como en esta imagen. El bosque parece casi un río que serpentea entre tapias, torres y viviendas, perdiéndose en una hilera de cipreses que deberían ser álamos. Un río verdoso de algas que lamen unos muros de discreto ocre nevado por los años, los años canosos de la esbelta vejez, sólida y orgullosa.
Y la dura roca de la montaña azul podría haber sido lavanda, romero y violetas en otras latitudes. Pero no, es dura roca añil humanizada, o más bien vegetalizada por la vida misma en su avance de verdor.
Muchos cipreses en lontananza no son símbolo de cementerio, sino augurio de hospitalidad total: agua, comida y posada hasta que el viajero haya repuesto fuerzas y proyectos para seguir adelante su nómada búsqueda al otro lado de las altas cimas.
Una manada de elefantes pasarían los Pirineos a las órdenes de Aníbal, mas no Sierra nevada, que recorrí en sentido inverso siendo niño. Una experiencia inolvidable. De las que imprimen carácter.
Desde este lado, sólo puede añorarse el mar, el Mare Nostrum que hace benignos los inviernos de las escondidas Alpujarras, adivinadas al otro lado de la nieve, en la vertiente sur de la sierra.
Y mientras contemplo este imponente muro, no puedo sino escuchar en mi interior la épica música de Vangelis "Across the Mountains" de la banda original de la película "Alexander" de Oliver Stone. Esfuerzo y epopeya. Coronación. La Alhambra coronada.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

 

Fuentes de Alhambra (detalle Óleo-Torres Morenilla, José María)

"La sombra del ciprés es alargada" y se refleja en el agua oscureciéndola. Pero la sombra se lava, al igual que se refresca el ciprés. Original perspectiva del pintor, que nos convierte a todos en un mismo ojo soñador, que puede imaginar múltiples y diversas prolongaciones del agua y del estanque. Adivinar el árbol vivo que proyecta su sombra. Si hubiese tapia, diríamos cementerio y muerte. Pero, en compañía del agua, el milenario ciprés, es árbol de vida, balsámico y de muchas aplicaciones terapéuticas. Eso sí, bien enraizado en la tierra, apunta siempre al cielo, y conecta lo de arriba y lo de abajo, que viene a ser lo mismo (Hermes Trimegisto, dixit).
Y antes de que nos lo regalaran los árabes, los chinos utilizaban sus semillas para procurar longevidad y los sacerdotes shintoístas japoneses utilizaban su madera para sus cetros. Seis siglos de historia tienen los cipreses del Generalife que llegan a alcanzar 30 metros de altura y en esta imagen se ocultan humildes y sólo nos regalan su reflejo.
Muchas veces jugamos en la infancia a escondernos entre ellos y laberintos de laureles y setos de boj, lo mismo que tuvo que esconderse en los mismos lugares Isabel la Católica con sus hijos en cierta ocasión, en que la curiosidad le llevó a conocer el reino nazarí que quería conquistar, antes de haberlo hecho. Ella salvó la vida y nosotros el honor de los ganadores.
Ocultarse en la sombra que sólo la luz destruye, volviendo cada cosa a su lugar: cielo, agua, tierra, vegetal y piedra. Claroscuros del juego de la vida. Impermanencia del tiempo y del clima. De las horas solares y lunares. De la atención de la conciencia que, dormida, hace regresar todo al reino de las sombras.
Si un cuadro lo dice todo no es bueno. Es simple fotografía. El cuadro que despierta la imaginación y el pensamiento, suscita y prolonga los sueños, aviva los recuerdos, estimula los proyectos, nos hace sumergirnos en las grutas y volar como las nubes es un verdadero cuadro y más que una pintura. Es un universo recreado una y otra vez por la mirada del pintor y de quienes contemplan sus nuevos universos. No contempló este cuadro la poetisa granadina Elena Martín Vivaldi. Pero bien podría haberse inspirado en él para componer su soneto:
 

Mi voz quiero amarilla, quiero el oro
maduro en un verano de desvelo.
Mi dolor amarillo, y junto al cielo
azul de soledades. Poro a poro

quiero mi sangre trigo, y no le añoro
su más verde constancia, ni su anhelo
al perenne ciprés,
que voy de vuelo
y en amarillo sauce ya me doro.

Aguardo en mí esa luz enternecida
y en las últimas hojas, dulcemente,
con un temblor de llama detenida

Ay, que por este instante, tan ganado
a golpes de más vida, ciegamente
me rindo al amarillo traspasado.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas



 

 

 

"Rincón del Generalife" (Óleo-torres morenilla, josé maría)

 

Lujo asiático. Eso es el Generalife y, en comparación, austera la Alhambra en sus muros, formas y colores. Árboles centenarios regados por el mismo agua que nunca va a dar a la mar, sino a lo profundo de la tierra entre una selva de raíces. No siempre es primavera en El Corte Inglés, pero sí lo es en el corazón del Generalife. Jugar al escondite entre sus arriates y laberintos. Eso es lo que hacíamos de pequeños en bandadas de niños gorriones, que uníamos nuestros trinos al vocerío de los pequeños seres alados que invadían las copas de todos los árboles. Quien no quería ser encontrado, podía quedarse a dormir toda la noche, pues nadie le encontraría entre la maleza y el camuflaje de arbustos y flores. Pero el atardecer era misterioso y perfumado. Había que abandonar el lugar temerosos ante la magia de sombras poderosas. Una extraña fuerza daba alas a nuestros pies para acudir presurosos a la exacta hora de la cena. Habíamos hecho hambre: el Generalife era un aperitivo de lujo asiático. 

 

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

 

 

"Rincón de la Alhambra" (Acuarela-torres morenilla, josé maría)

Más que un rincón parece un lugar señorial. Eso sí, oculto y velado. Como si todo el cuadro tuviese un velo que apagase un lujurioso color adivinado, una luminosidad deslumbradora. Como si el velo quisiera cubrir no sólo el rostro, sino toda la figura de la doncella que pudiera observar la vida tras los dos ojos de la torre con el rostro totalmente velado y vedado al forastero.
Y al observar el cuadro, uno se siente escudriñado desde la penumbra y la lejanía inalcanzable, desde la altura inaccesible de los ventanales. Desde la negrura de dos ojos penetrantes de curiosidad. Más que protección se nos antoja prisión la torre para sus moradores, porque la vida no está al otro lado sino a éste. No en el más allá, sino en el acá del más acá. Al pie de los cipreses, entre las raíces de la hiedra que trepa hacia las nubes. Nubes que parecen desgarrarse en jirones entre los muros y convertir los cipreses en fachada de catedral con oscuros vitrales y pórticos sin santoral, en afiladas torres agujadas. Todo se transforma entonces en fantasmagórico, pues incluso la sólida torre parece derretirse cual terrón de azúcar en el inverosímil azulverdoso de un magnético cielo. Cielo que se palpa y se huele, casi se saborea. Pero, ¡alto!: surge entre sueños un melenudo gigante de dos cabezas que alza sus puños amenazadores de tormenta, aunque siempre hay una grieta de luz por donde escapar. Un desfiladero que invita a avanzar hasta traspasar el impenetrable horizonte... tan cercano.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

 

 

 

 

"Torres de la Alhambra"(Acrílico-torres morenilla, josé maría)

 

Como dos cubos herméticamente cerrados. Adobe que se alza de entre la espesura. Así son estas torres infranqueables, vigías de posibles enemigos, de conquistadores codiciosos. Boabdil, ¡pobre Boabdil!, de qué poco te sirvieron torres y murallas, para que viniese una reina cristiana y católica a poner todo patas arriba. Tal vez por ello la canonicen, es decir, entre en el canon de los impulsores de una sola fe contra las demás fés, de una sola visión del universo contra todas las demás. Lloro contigo Boabdil, aunque estas dos torres, recreadas hoy por el pintor, son tu némesis. Isabel yace en su sepulcro blanco y frío como la muerte. Estas torres permanecen intactas, uniendo cielo y tierra, incólumes al paso de los siglos y de las guerras, minimalistas en su rotundez. Y esta solidez austera engaña y vela sus secretos. Dos senos de mujer ocultos tras siete velos, multiplicados por el harem hasta el infinito. Un inmenso topless avant la lettre. Eso son tus torres, pintor: los pechos de una hermosa hembra que toma el sol, oculto el resto de su cuerpo entre follaje, donde los pájaros hacen el amor, mientras maduran las bayas.

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

"Torre de la Alhambra"(Óleo-torres morenilla, josé maría)

 

 

 

 

 

Detalle de Torre de la Alhambra (Óleo-Torres Morenilla, José María)

 

 

 

 

 

 

Detalle de Viveros del Generalife (T.mixta-Torres Morenilla, José Mª)

 

 

 

 

Detalle Bosques de la Alhambra (Acuarela-torres morenilla, josé maría)

 

"Reconozco simplemente lo bueno y este bosque es increíble. No es figurativo ni cubista, abstracto ni impresionista. Es el misterio de todos los bosques, la luz que la   clorofila fagocita, el resplandor de la iluminación súbita, la sombra que no se avergüenza de sí misma. Y todo ello sostenido por la solidez de troncos y marrones, de espacios y laberintos que dejan adivinar la tierra y... por encima... el vacío que no cesa, la claridad del alba y del mediodía, el claro por donde  escapan los pájaros de su jaula, el velo nebuloso de tímidas estrellas, la grieta que permite a la Gracia atravesar la densidad de la materia. Los cristales del caleidoscopio respiran sostenidos por el abrazo de las ramas. Bosque enamorado que enamora... ¿Dónde te escondes castillo rosado de la Alhambra? ¿Por qué lloran tus aguas que se entregan danzando hacia la profunda gravedad de la pendiente?. Gran enigma del arte y del Mejoras con los años o la pintura te humaniza."

 

Alfonso Colodrón Gómez-Roxas

 

 

* Gracias, Alfonso, por tus mágicos comentarios.

José María Torres Morenilla

 

 

 

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Todos los dibujos tienen © José María Torres Morenilla

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