LOS POEMAS DE GANDÍA

 

 

de

José María Torres Morenilla

 

 

Autorretrato  

( Con santo y seña, con dolor y con amor)

 

Escribo al ser con santo golosino,

al dorado sol y al néctar de la vida,

escribo al mar, que nunca fue destino,

como si el mar me amara o me fuera en ello la vida.

Y no es así, así no soy y pienso que así soy,

no soy del mar, del mito o de los muertos,

soy un hombre sencillo, tal como voy,

no me llamaron del más allá ni de los puertos.

 

Con aire en nada, con el fulgor quebrado,

esposo juvenil de sueños rotos,

ninguna herida se ha abierto en mi costado,

no cazo hombres ni al alma pongo cotos;

soy hombre solo y ahora que lo pienso

solo me encuentro a mí en lo más pequeño,

por no ser soy, y es todo mi empeño,

el pequeño cantor de un mundo inmenso.

 

 


 

El poema de Gandía

¡ Ay mar, qué bien suenas, en mi dolor, tan grande,

tan hondo, en tu mover las aguas,

tan profundo y tan bello, tan solo y perfumado!

¡Ay noche, que tan bien escondes mi dolor, entre tus sombras,

tan hondo en el cristal en que yo te miro,

tan profunda y tan bella, tan sola y encumbrada!

¡Ay vida, que dueles con mi dolor, que nunca acabas,

tan honda es la historia que has escrito,

tan cercana e invisible, que jamás la sabré, pues nada sé!

 

 

 

POEMAS SOBRE LA MAR Y EL SOL

 

 

 

Tres canciones furiosas

 

Del balandrán de amor vuelan las alas,

brillan las sedas, los anacantos esconden sus plumas de cristal,

el ancho éter tocan las manos con sus bordes de múridos,

pasó el viajero, un sueño deleitable que no se acaba nunca,

en las inmensas llanuras de las tendidas ramas los labios negros

besan la noche fúlgida y el tenue día rosa que tejen las galaxias,

 bronces de las augustas empresas en vuelos imperceptibles

rodean con las palabras y con silencio extienden la eternidad escondida,

pasó, pasa el viajero, sobre el árbol de la noche, su rostro oscuro enciende.

 

¡ Ay, silencio de la mar para los sordos!,

 ¡ ay, soledad del mundo si habitado insiste!,

¡ ay, soledad del dolor para unos brazos cortos!

El paisaje lo han errado unos ojos vacíos,

y en la luna redonda rolan los muertos,

ya no oyen, ya no ven, miedo no tienen,

ni el calor sienten de las manos en sus pechos,

ni en los hermosos cristales de la sal se queman.

 

¡ Ay dolor, qué grande te haces ahora!,

cuando vivías en tu hermosa canción tú me cantabas,

tus ropas me dejaban ver tu cuerpo desnudo,

unas ondas enervantes llegaban a mi vientre varonil,

y tus manos deslizaban las caricias más íntimas.

 

 

Por el barco va una mar

 

Por el barco va una mar sembrada de luz y de sueño,

caminos van a un lugar en que me dices te quiero,

oh noche tan trastocada pintada de verdes luceros,

la luna está desviada, las nubes como encontradas

y en claraluz los cristales se atraviesan de recuerdos;

 

por el barco va una mar vestida de sentimientos,

se levantan sus espumas y se prenden en el viento,

se oye el runrún remero asomándose a las agüitas,

en forma de caracolas con toda la mar metida,

sobre peinados de algas, las madreperlas se irisan;

 

por el barco va una mar azuleada y muy lenta,

lleva collares de lágrimas y olor a verdes canelas,

acerolas de tu boca que entre mi boca se encuentran,

lirios que tiemblan de puros, con espasmos de tormentas,

 olas que se van y vienen y espumajos de tinieblas.

 

 

 

LOS POEMAS DE GANDÍA

 

 

 

De la mano del río

 

Yo vine con un río de la montaña,

con mi río bajé por precipicios,

con su agua me harté de muchos vicios

que son más río que lo que os baña.

Llegué al prado, en mucha flor florido,

al verde mar del sol ocioso,

 osé en amor hasta acabar vicioso,

en un otero vulgar, quedé perdido.

Bajé por torrenteras ruidosas,

delincuente me hice en decibelios,

grité en el fútbol, y ahogué mis evangelios,

no amé a enemigos, ni rechacé a hermosas.

Fiero, espumoso, fui por los pedregales,

tan duro amé que acabé sin juicio,

llenome el fango, tallé un precipicio,

hartito de acoger todos los males.

Y aquí me tienes, ya mudo y lago quieto,

espejo de los cielos que me pintan mis aguas,

a punto de morir del mar en enaguas,

cansado y viejo, y a la postrer discreto.

 

 

La tristeza

 

La tristeza es un puñado de tierra derramada

que a la tierra vuelve desde un soplo,

una flor que tiene la color secada,

una mirada al mal, del alma escoplo.

Cuando el sol muere y muere su melodía,

en el fulgor inexorable de la muerte,

vuelve la tristeza con sus manos de alegría

a morirlas también de misma suerte.

Y el dolor, que es como la noche,

tan negro y denso y en su lugar matando,

invade lo rincones del reproche,

 y deja al cuerpo por su maldad penando.

 

 

A la vera de mi vera

 

 Aquí la mar, el músculo y la playa,

el corazón cargado de alegría,

el portal de mi puerta, llenado por el sol,

frente a la gran ventana abierta de la huerta;

aquí mi consonante pura, frente al mundo,

frente a la mala bestia que me mira de reojo,

mi ser, mis sueños, mi elemental modo

de vivir diariamente sin tapujos;

 

Yo vivo en mi rincón plantado,

árbol soy del mar y cordilleras,

soy de un mar que el tiempo ha secado,

estoy a la vera siempre de mi vera.

 

La noche me guarda otro sol más mío,

más lleno de palabras y de silencios,

más de verdad mi amigo y compañero

que me hace nacer de mi destierro.

Y vuelvo día a día a ser mi yo,

mi ser más nuevo, por el que no ha pasado el tiempo,

me reconstruye a diario, las fiebres quita,

mi apariencia de hombre vive otro hombre dentro:

 sale el primitivo hombre, desde la noche,

lleno de salud y de alegría,

me pone el cuerpo para sembrar de día

mi mar, mi músculo y mi playa,

con renovadas fuerzas, mi poesía.

 

 

 

La luna

 

El caramelo de luna

baña en blanco el pensamiento,

todo es puro sentimiento

desde su alta tribuna.

 

Tan clara y blanca se ve,

completamente sin fuego,

que de frío parece el riego

 del nácar de su quinqué.

 

Luna amañada y hermosa,

redonda, triste y serena,

llévate, luna, mi pena,

guárdala,  luna amorosa.

 

 

 

Poema a María

 

La luz de los crepúsculos casi nos roza,

María,

tiembla sobre el pozo, y las sombras de la parra se iluminan,

lo llena todo tu ausencia remontada,

no me acostumbro a tu no ser y quiero seguir hablándote,

quiero oír tu voz cerca de mí, o que se acerquen las rosas

y sentir su fragancia, aunque tú ya no vuelvas.

 

 

Espinos y alambradas

 

Erial del amor, noche de espinos,

tu corazón lastrado por doce caninos,

doce figuras dulces, llenas de alba,

doce manos abiertas de lirios y agua.


Veo en tus ojos verdes ramos de estrellas

y es la corona al viento tu cabellera,

vistes vientos suaves y entre tus trenzas

caen cascadas de luces, guiños de seda.


Ara de los vergeles, dame tu abrazo,

que quiero morirme pronto en tu regazo;

dame tus pechos y volaremos juntos,


en esta noche tan triste, como difuntos.

Que el alba llegue y que nos encuentre Aurora

fundidos en un cuerpo solo y una alma sola.

 

 

¡ Qué buena mesa me dan!

Qué buen olor de la mar,

las maromas y las sardinas,

que llenan mi mesa en mimos

y de las cosas marinas,

sepias desnudas con ojos

que encandiladas me guiñan,

calamares resabiados

y guisados de lubinas,

los salmonetes dorados

y las suaves anguilas,

enroscadas las pescadas

que muerden aire con ira,

centollos que se columpian

y alborotadas quisquillas,

erizos llenos de mar

y merluzas sin espinas,

gambas rojas con bigotes

y cigalas a la parrilla.

¡ Qué buena mesa me dan

los manjares de Gandía!

 

 

Acabo de llegar y ya me voy

Un claro suspiro hondo, una flor,

un dulce azahar nostálgico para mi amor,

el puerto que me reclama con estertor

de agua enamorada me dice adiós.

 

En la noche de luna, a babor,

por la cubierta del alma se va mi amor,

las olas se amontonan con fragor

  levantan espumas breves de su dolor.

 

Ay qué triste y ancha se escapa del espetón

la colina alumbrada del mirador

en mis noches y en mis días le dice adiós

el amor de mi vida, mi corazón.

 

 

El valenciano tristón

Tengo un barco y tú no tienes otro,

una mar madreselva en mis amigos,

un puerto en flor, una lluvia, un camino,

tengo el mundo montado en mi olvido.

 

Si yo tuviera más tendría el cotorro

la luna acomodada en los olivos,

chorreras de buen jamón y con el vino

una mesa repleta de mi cariño.

 

Pero nada tengo tengo tan poco

que por no tener ya no tengo ni el olvido,

no tengo amor, ni recuerdos van conmigo,

estoy tan solo que nunca estoy conmigo.

 

 

Valencia

A la valenciana Rita Barberá,

que tuvo un final que nunca mereció

 

Un jardín que en la noche tiene sombras

y en el mar compañero inseparable

donde el tiempo se para y en las calles

corre un dios de belleza inmensurable,

una esfera rutilante siempre hermosa

donde canta un amor inexplicable,

una luna que inspira hasta el aire

perfumada de estrellas insuperable,

toda es bella, incógnita, las rosas

palidecen su belleza admirable

del jardín de los sueños pues se abre

otra flor, valenciana, deleitable.

 

 

El Grao

Tres marinos se van

y uno se queda

por la cubierta se enrola

y ata las cuerdas,

grueso jubón del tiempo

y caracolas

en la arena de mi playa

mueven las olas,

con la sal de su escarcha,

la luna alzada

en murallas de piedra

 pinta su cara.

Ay leviatán de mil ojos,

verde la  alberca,

lo que te dije devuelves

y das por hecha,

batallón de melones y de sandías,

los ojos que no quieren verme

pero suspiran,

cerca del puerto

vuelan blancas las velas

 como mis sueños...

 

 

La mar serena

La playa tan marinera

limpia y salada,

corre llena de oro

muy enjoyada

luce blusas doradas

y va peinada

con peinetas de carey

recién pescada,

faldas que abundan y no muestran

luna plateada,

collares gruesos de estaño

y bien lavada

pendientes de caracolas

y uñas pintadas.

Qué hermosa la marinera

y bien plantada,

cantando la mar serena

 afortunada,

redicha y pizpireta,

ojos de enamorada

y tan morena.

 

 

Ciudad de ciudades

 La plaza del vaticano en buena hora,

salió de la mar un día en barcarola

llegó hasta los confines de lo cristiano

y se lavaba en colonia hasta las manos,

amante y santificada, qué bella era,

todavía es señorial en lo que queda

y bien plantá,

por las esquinitas de piedra le llega el mar.

 

 

Gandía

Gandía, la mar, su sombra, luna cubierta,

el rubio campo de flores y de los niños,

la clara luz de la alberca y los postigos,

 vivo nombre de historia, mesa repleta.

 

Por las anchas riberas de llanura inmensurable,

sobre la paz de su puerto y de sus calles,

ruidosa y bella es la luz, y perfumado está el aire,

calladas las siembras verdes, es vergel insuperable.

 

Ciudad tan grande en piedra levantada,

perfil de la mar, montaña glorificada,

alegre como su vida y bien cantada,

 

por sus riberas navega el corazón y lo levanta

bañado en sueños gloriosos su luz hermoseada,

feliz para quien la vive, su alma encanta.

 

 

 

Colección Poemas de Gandía

(1997)

1

Después llegó el silencio, siempre oscuro,

el vuelo lento hacia ninguna parte,

su tinte incoloro, la infinita espera;

después se corrieron los velos

y de nuevo todo pareció más bello;

que la muerte desde antiguo es mentirosa

y vestidos tiene de líneas indoloras.


Después vino la paz de los delincuentes

cuando reescribieron las escenas,

se borraron con pulcritud las huellas,

y las gentes rehicieron sus mentes

para ese orden aparente, con el que miedo dispone

el sentido actualizado de la historia.


No pudo ser de otro modo si después del hombre

viene el silencio, si después de amar no hay dolor,

que la palabra es el sol

y este fuego es su canto.

No calle pues el ruido que a la tierra trae

el camino de la vida, su cálido riego;

háganse los ruidos que nos alteran

y puéblense los pechos del jolgorio,

del aparente desorden hacia lo unívoco,

hacia el simple hombre creado.

Hablemos constantemente hasta morirnos luego.

2

Yo juego el juego de las mil verdades

y antes de ello rompo el sinsentido,

descubro el ruido natural de la palabra,

su sitio exacto en consonancia con el arte.

Ser y decir no son lo mismo:

yo canto, si es que canto, cuando barrunto

que algo no va bien en este acto

y salgo hacia los valles reverdecidos

de la lírica musa que dormita en mis venas.

¡Pero basta ya de cantos y de juegos!

Vamos a buscar lo que realmente interesa,

este sorbo amargo de la bebida esencial

nos alimenta con los jugos que atraviesan

las verdes ramas de la creación.

Hagamos también al hombre que nos queda

por hacer, levantemos del hombre un ser distinto

que sin pudor ni reservas podamos llamarle amigo.

3

Dame la mano oscura y misteriosa

que nos acoge con reservada fijeza

y nos lleva por los vuelos de la noche

hacia las blancas moradas de las luces indoloras;

dame el aliento fresco y húmedo, profundo,

de los cercanos árboles en la paz de los arroyos,

para pisar las aguas cristalinas,

cuando el céfiro brille absoluto.

Dame el silencio entre los mundos,

la consonancia diamantina de armonía,

para que antes de la palabra tú existas,

y después quepa la vida.

Antes que el ruido lo esencial

y después la vida.

4

Rota la niebla, descubro un bello mar,

tú, que asomas el abismo del insondable ser,

abre tus dedos mágicos para que se suelten los negros vuelos

de las aves nocturnas y de las estrellas;

hermano de hombros oscuros y de miradas verdes,

mueve tus veloces piernas y con tu aliento sopla

sobre las fulgentes arenas, que la bestia dorada respire.


Oh tú, sagrado monte de la luz, despierta,

adentra tu calor del corazón,

descúbrenos la pulpa malva del insondable fondo,

su olor de flor y su transparencia de agua.

Duro sentido es el de la profecía, arranca la oscura arena,

con tu prístina mirada de pureza, la realidad única,

la belleza danza en el pecho del hombre,

levanta el vuelo de pájaros oscuros y diamantinas estrellas,

desde el infinito.

Tú, de mirada inmensa,

de cálidos dedos habilidosos,

desviste las aguas espumosas

de círculos efímeros en portentosas rocas.
 

Mar, mi mar, mi sobremar,

tus grandes ondas como tus grandes sueños

nunca se apoyarán en tierra.

***

LOS VERSOS DE LYRIA

2003

 

1

Oh mar, qué pronto dejaste tus vestiduras azules

Para la bella Lyria, dormida y soñadora.

Sobre tus hermosas aguas se posó el amigo rubio,

Juguetón sujeto de amor,

Y entretuvo sus horas de sueño

Con mordisquitos en las orejas

Y abrazos cruzados en las espaldas.

 

Noche que regalaste la inmensa sombra

Para ocultar a los rostros de los enamorados,

Tú, que miras al infinito como las estrellas

Y te haces de este modo diminuta,

Empequeñeciste a la pareja

Y la ocultaste a la mirada ajena,

Para que fueran un solo individuo amante.

 

Y tú, silencio, más cómplice eres de todos,

Borraste sus nombres y derramaste el cálido sello rojo,

En el sobre de una carta que nadie leerá,

Pues quede dicho que amor es lo vivido en instantes

De toda una vida esperando;

Lo que desata al corazón y al cabo

Desaparece y se esfuma y sin memoria

Sólo como recuerdo queda,

Como un liviano poso

En el profundo pozo del olvido.

 

 2

Yo sólo busco la palabra que trasciende,

El verso añejo que con el tiempo queda.

 

3

 

Oh mar, déjame jugar en tus frescas aguas,

Déjame estar enteramente niño, cual me siento,

Cuando mi vida pendía de un hilo,

Cuando mi sangre me pinchaba

Y caía como muñeco desatado

Del alto guiñol que nos anima.

 

Déjame ser grande como tú,

Confundirme en tu fuerza, tener tu empuje ciego

Hacia la tierra, hacia la tierra

El arrastre poderoso

de las ruidosas arenas, y tus carcajadas llenas.

 

Oh hermosa frescura del color de la fruta,

Que aprietas la espuma y la levantas

En geométricas expresiones de matemática esencia,

Al duro costado de la tierra

Embébete en mí y a mí levantes

Como los hijitos se elevan

Con sus sonrisas asustadas

De dueños del cariño.

El mar, niño antiguo que primitivo arranca

Con resacas de estreno y misteriosos cristales.

Llévame arropado entre las faldas,

Tú, vientre maternal, filón inagotable,

Que sostienes y amamantas con tus múltiples senos levantados

Y henchidos para llenar mi boca.

 

Mar que amor convidas,

Con tu hermosa fragancia y dulces besos

En tus montañas efímeras y verdes

Del salado gusto sobre mi boca y lengua.

Mar de los abrazos interminables

Que nos rodean hasta el cuello

Y nos dejan exhaustos y encontrados.

Tú, que levantas tu vuelo,

Y al tiempo conquistas la tierra

Reclama la unidad de tus aguas,

Llévame en volandas contigo al fondo

Del inmaculado mundo derruido,

A los escoriales profundos llenos de polvo

Y de silencio trascendentes,

Donde la claridad del sol se hace opaca,

Y la posas con frialdad.

 

EN LOS  JARDINES DEL GRAO

(Gandía, 2000)

I

Paso mi mano por la horrible fiera

y un fulgor melodioso de la belleza estalla,

negro es el rencor que a mi pecho ahoga,

antiguo y remoto es

como los cerros que agotan mi ciudad agotadora;

también le oigo decir que en sus oscuros ojos se encienden

los fríos fulgores de una memoria vulgar;

pero paso página, a grandes saltos de la verdad,

y recuerdo a todos sus muertos,

que aún le falta por enterrar.


II


El rojo olor en la tierra mueve a mi sangre

y dentro de mí se para, falta de aire,

aire que no es el aire.

Como sus montes de plata se bajan negros

y suben, rubios y ardidos, su olor de incienso;

resbala un viento cargado entre mis manos,

y se echa luego con el cansancio

de haber tocado en el tiempo.

 

III

 

Mi tormento,

es hondo y fuera de mí,

como te siento.


Sobre tus fuentes,

guiños del sol desatas,

y los devuelves.


Es mi suplicio

morir de muerte joven,

sólo por vicio.

 

IV


Mi frente está enterrada en tu frente,

tu nombre me ha borrado el pensamiento.

 

V

Miraba inmensa entonces su mirada,

delantal ponía a la inocencia, pureza

daba al cielo ensangrentado,

llamaradas le salían, alas de fuego,

y sus ojos, que todo lo habrían visto,

garabateaban ascuas de palabras

que apagaba luminosa con sus aguas.

 

VI

 

Desolación de tu nombre, la corta sombra

que pone claridad a mis ideas, como entendiendo,

sin saber decirlo nunca, pero diciendo;

quedará apagada de una vez esta agua mía,

que sabe mejor estar callada

que discurriendo.

 

VII

Me enredo suavemente en tu palabra rosa,

siento el corto picor, tu desmayado aroma,

toco, como si me tocaran tus ojos,

la soledad enredada que a tu belleza asoma.

 

VIII

Una verdad es mar que a la dulzura arroja

sus anchas faldas mojadas de su amargada boca.

Servida en sus senos, escanciadas todas las calamidades,

la mar verde y calamitosa,

a todo el que se oponga por delante

empuja con furor a sotavento y popa.

 

X


Río que no deja de bajar por las pequeñas piedras

de mi soledad,

que con el aire enviciado lleva los oscuros frutos

de mi verdad;

contra estos senos sangrantes,

subiste mis ojos claros, cegados en libertad,

y en los jazmines trepados, subidos a tu ventana

me abriste en renunciadas nupcias

las hundidas sábanas de tu amistad.

 

XI


Vuela el sol,

en tu ventana,

parado queda,

saltando sobre el alféizar,

su clara luz chapotea,

como guiñadora fuente,

en medio de tus macetas,

que ya no es sol volador,

y que solamente juega.

 

XII

 

Lentitud de tu recuerdo y de tus manos

enredadas a mi cuello,

como rosales que sus rosas dejan,

que en los besos de espuma se deshacen,

fríos y distantes como tú, mar nueva.


 

 

XIII


Si un día soñé,

soñé en mi poesía,

toda la noche soñé.

 

 

XIV


Ulular de los árboles,

jardín de acequias,

a sus espaldas lleva

una novia enganchada,

bajo las oscuras gafas

de su motocicleta;

pasea por un parque azul,

a contrapelo sus humos,

bajo encorvadas gaviotas

montadas en ángeles rubios.

 

XV


 

Cuando se despertó un hombre sabiéndose escarabajo,

perdió el mínimo vital del cuidadoso insecto,

seguramente gritó, aunque no fue escrito,

y el oscuro gato familiar crujió sus alas,

mordió el oscuro vuelo de quien nunca quiso

ni estar muerto ni estar vivo.

XVI


¿Qué palabra, siendo la más hermosa,

está cosida a mi alma como la palabra siempre?

¿Será entonces como la lluvia de mis lágrimas,

o será mi amor o sólo será mi muerte?

 

XVII


A todo lo enorme,

su inmensa avenida subió en las grandes columnas de la luz,

hasta la oscuridad total que en su ancha frente

posos como de aire oscuro sobre sus aguas amansa;

nada lo altera, ni su mudez primera,

antes del pensamiento,

ni el apartante aire con que dureza

miró su modo antiguo de salivar las piedras

y de ponerlas a brillar al sol,

para que al sol salieran.

 

XVIII


Duele la blanda voz de corcho en las paredes,

el rancio rencor de las rosas secas en el aparador,

duele la luz de la apagada lámpara secreta,

y en el acuoso dolor con que se derrama el agua,

la mancha de semen mustio en su uniforme de criada,

con dos dedos de polvo en su frente,

y yo mismo me duelo de un enconado dolor,

XII


De los rosados frutos de la más mora ví

y al rubicón de amor pasé, después de amargo;

hartura de esa mar me fuera poca;

puesto que he sido de nuevo puesto en ti,

con el mugriento saco al hombro vengo a llenarlo

de todas tus calamidades, puestas al peso,

mercader vengo de amor:

si yo comí en tu espléndido plato

en tu plato, por amor, yo he sido devorado.

 

 

fin

 

 

 

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