LOS POEMAS DE GANDÍA

 

 

 

 

 

 

 

 

José  María  Torres  Morenilla

 

Con mi hijo Jose

                     

 

 

 

 

 

LOS POEMAS DE GANDÍA

 

 

 

 

 

Ausencia

En memoria de Rita Barberá.

 

Ausencia de mujer, ausencia,

el jardín está llenado de tu ausencia,

el aire como estancado, de oscuro musgo la piedra,

el cielo completamente arruinado,

todo parece mojado de tu ausencia;

las flores no son flores verdaderas,

ni el cielo que siempre fue azul es azul sobre mi tierra,

una fuerza como grita por dentro de mi tu ausencia,

son como viejas fotos que me quedan en la trastienda,

retazos del pleamar de tu fragante presencia,

besos que me dio la mar con dulzuras de violetas,

palabras, versos, la rima de mi profundo poema,

toda la vida me pasa por encima de tu ausencia,

colgada en los portales, hundida entre las huertas,

el jardín está llenado de tu ausencia,

ausencia de ti, mujer, ausencia.

 

 

 

Contra mí también

 

Se desata el poeta lujurioso

y acostumbra a cantarle enamorado,

es poeta de tumba y de pecado,

cantador de la noche envidioso,

suena oscuro su desgarro en que esconde

los mil sueños que ha roto el destino,

es humano y aún se cree divino

en soberbio afán que a vanidad responde,

es poeta de un día y de un saber,

ligero como la nube que huye,

canta sonoro en río que fluye

sin más meta que ser, solo por ser.

 

 

Rincones de mi jardín

 

Rincones de mi jardín la luna llena

caracolas de la alegría y de la pena,

el agua, con su armonía, pone una alfombra

de su clara simpatía de bella sombra;

en mi jardín se quedan por todo el día

los versos que son las hojas de mi poesía.

 

 

Te miro

 

Te miro como la música que me mira transparente,

como te miro tapada y me desnudas al verte,

enamorado, alado, poético, evanescente...

como te mira la noche que se desnuda al tenerte,

anclado en las esmeraldas de tus pechos incandescentes,

corriendo en ti con los ríos de mis ojos, insaciables y valientes.

 

 

Árboles

 

Árboles, árboles, miles de árboles,

que la palabra aún no ha oscurecido,

en la clara luz, esencial, del sol,

sus verdes hojas de mil colores hechas,

sus vuelos estremecidos, sobre el flujo de los ríos,

en praderas azules el cielo de sus copas henchidas,

posadas sin peso al paso de las brisas,

¡ oh sueño inmortal de los árboles en el universo!

que perfuman el aire y al agua dan sus vestiduras

suntuosas, orillas de la tierra confundida en su vuelo;

 

árboles, árboles aún posados en las riberas

en el límite alto de la mirada, como centellas

del fuego frío de la creación, recreándose en los árboles,

la sinfonía de los colores verdes, la esencia de la música

suena como una inmensa pradera llena de verdor,

árboles, árboles que suben los cielos de su pureza

en la tierra hundida, apurando la economía del mundo,

las flores y los frutos, sus perfumes y sus sombras,

nervios de la vida, que respiran con sus pechos llenos

de árboles, árboles, miles de árboles, más que de estrellas,

más hermosos y rotundos en el paisaje,

a su costado, yo sueño el más justo de mis sueños,

como hijo suyo caído de sus copas, árboles, árboles...

 

 

La llama amorosa

 

Ya liba de azul el sol dorado derretido

y sobre la mar vuelan las alas de la espuma,

a por la miel van las obreras aguerridas,

en campos del amor bullen premuras.

¿ Dónde estás tú, mi amada, llamada antes

que en la lejana aurora sangrara el sol?

Pues todo ama y es amor, mas yo estoy solo,

la soledad me pesa con su carga repleta

de manzanas mordidas toda una noche entera.

Ya llama Primavera y yo no puedo oírla,

echado como estoy sobre la misma espera.

 

 

 Colección Poemas de Gandía (1997)
1
 

Después vendrá el silencio, siempre oscuro,
su vuelo lento hacia ninguna parte,
su rodeo incoloro, la infinita espera;
después se correrán los velos transparentes
y de nuevo todo parecerá más bello;
que la muerte desde antiguo es mentirosa
y vestida va de líneas indoloras.

Después será la paz del delincuente
cuando reconduzca las escenas,
se borren con pulcritud las huellas,
y las gentes recompongan de nuevo las mentes
para ese orden aparente, con el que miedo dispone
el sentido actualizado de la historia.
No pudo ser de otro modo si después del hombre
viene el silencio, si después de amar no hay dolor,
que la palabra es el sol
y este fuego es su canto.
No calle pues el ruido que a la tierra trae
el camino de la vida, su cálido riego;
háganse los ruidos que nos alteran
y puéblense los pechos del jolgorio,
de aparente desorden hacia lo unívoco,
hacia el simple hombre creado.
Hablemos constantemente hasta morirnos luego.


2
Yo juego el juego de las mil verdades
y antes de ello rompo el sinsentido,
descubro el ruido natural de la palabra,
su sitio exacto en consonancia con el arte.
Ser y decir no son lo mismo:
yo canto, si es que canto, cuando barrunto
que algo no va bien en este acto
y salgo hacia los valles reverdecidos
de la lírica musa que dormita en mis venas.
¡Pero basta ya de cantos y de juegos!
Vamos a buscar lo que realmente interesa,
este sorbo amargo de la bebida esencial
nos alimenta con los jugos que atraviesan
las verdes ramas de la creación.
Hagamos también al hombre que nos queda
por hacer, levantemos del hombre un ser distinto

que sin pudor ni reservas podamos llamarle amigo.


3
Dame la mano oscura y misteriosa
que nos acoge con reservada fijeza
y nos lleva por los vuelos de la noche
hacia las blancas moradas de las luces indoloras;
dame el aliento fresco y húmedo, profundo,
de los cercanos árboles en la paz de los arroyos,
para pisar las cristalinas aguas,
cuando el céfiro brilla absoluto.
Dame el silencio entre los mundos,
la consonancia diamantina de armonía,
para que antes de la palabra tú existas,
y después quepa la vida.
Antes que el ruido lo esencial
y después la vida.
 

4
Rota la niebla, descubre el bello mar,
tú, que asomas el abismo del insondable ser,
abre tus dedos mágicos para que suelten los negros vuelos
de las aves nocturnas y de las estrellas;
tú, hermano de hombros oscuros y miradas verdes,
mueve tus veloces piernas y con tu aliento sopla
sobre las fulgentes arenas que la bestia dorada respira.

Oh tú, sagrado monte de la luz, despierta,
adentra tu calor del corazón,
descúbrenos la pulpa malva del insondable fondo,
su olor de flor y su transparencia de agua.
Duro sentido el de la profecía, arranca la oscura arena,
con tu prístina mirada de pureza, la realidad única,
la belleza danza en el pecho del hombre
levanta el vuelo de pájaros oscuros y diamantinas estrellas,
desde el infinito.
Tú, mirada inmensa
de cálidos dedos poderosos,
desviste las aguas espumosas
sus círculos efímeros en portentosas rocas.
 

Mar, mi mar, mi sobremar,
tus grandes ondas como los grandes sueños
nunca se apoyarán en la tierra.

 

***
 

EXUBERANCIA DE LA NADA
(Gandía, 2000)
 

I Maremágnum



Mar, el gran animal echado:
en el sendero verde, la ancha vega,
oscilando lento,
lentitud de los recuerdos y de tus manos
enredadas a mi cuello,
como rosales que las rosas blancas dejan
y que en sus besos de espuma se deshacen,
fríos y ajenos como tú, mar inmensa.




II Los cerros del Safar


Un rojo olor de la tierra mueve a mi sangre
que dentro de mí se para, falta de aire,
aire que no es el aire.
Como sus montes de plata se bajan negros
y suben, rubios y ardidos, su olor de incienso;
resbala un viento cargado entre mis manos,
y se echa luego con el extraño cansancio
de haber tocado en el tiempo.



III El deseo de amarte


Se columpia en tus caderas
mi tormento,
tan hondo y fuera de mí,
como te siento.

Hay risas acribilladas
entre tus fuentes,
guiños del sol desatas,
y me devuelves.

Es un suplicio
morirme de muerte joven,
por este vicio.



IV Totalidad del no


Mi frente está enterrada en tu frente;
amor, tu nombre me ha borrado el pensamiento.




V La musa 


Miraba inmensa entonces su mirada
delantal ponía a la inocencia, pureza
le daba al cielo ensangrentado,
llamaradas le salían, alas de fuego,
y sus ojos, que todo lo habían visto,
barateaba en ascuas unas palabras
que fundía luminosa sobre las aguas.



VI Versos gandianos


Antes de la palabra densa del pensamiento,
que el sentimiento pinte jorobas
a mi doliente pecho,
desolación de tu nombre, la corta sombra
que pone claridad a mis ideas, como entendiendo,
sin saber decirlo nunca, aunque diciéndolo;
quedará parada de una vez esta agua mía,
que sabe más estar callada
que discurriendo.




VII El Jardín

"Ne le touchez pas, aucun de fruit avait plus de goût pour moi"
"No la toques ya más, que así es la rosa"

Me enseda suavemente tu palabra rosa,
siento el corto picor, desmayado de tu aroma,
toco como si te tocara con los ojos,
sededad
enredada que a tu belleza asoma.




VIII La verdad amarga


Una mentira es muerte que a la inocencia tira.
Una verdad es mar que a la dulzura arroja
sus anchas faldas mojadas de su amargada boca.
Servida en sus senos, escanciadas todas las calamidades,
mar verde y calamitosa,
a todo el que se oponga por delante
empuja con furor a sotavento y popa.



X La ventana abierta de tu alcoba


Río que no dejas de bajar por las pequeñas piedras
de mi soledad,
que con el aire enviciado llevas los oscuros frutos
de mi verdad;
contra estos senos sangrantes,
subiste mis ojos claros, cegados en la libertad,
y en los jazmines sobados, trepadores en tu ventana
me abriste en las renunciadas nupcias
las hundidas sábanas de la amistad.



XI Vuela el sol


Vuela el sol,
en tu ventana
parado queda,
saltando sobre el alféizar,
su clara luz chapotea,
como guiñadora fuente,
en medio de tus macetas,
y ya no es sol volador,
sino solamente juega.



XII  Borgia


Paso mi mano por la horrible fiera
y un fulgor melodioso de la belleza estalla,
negro es el rencor que a mi pecho ahoga,
antiguo y remoto es
como los cerros que agotan mi ciudad agotadora;
también le oigo decir que en sus oscuros ojos se encienden
los frios fulgores de una memoria vulgar;
pero paso página,
a grandes saltos de la verdad,
y recuerdo a todos sus muertos,
que aún falta por sepultar.



XIII Si un día soñé.


Si un día soñé,
soñé en mi poesía,
toda la noche soñé
como volando en las nubes...



XIV La Gandía celeste


Blanco, desde su sol huido,
en las espaldas,
lleva engachada una novia,
bajo las oscuras alas
de las sombras,
pasea por un parque azul,
motorizado, con humos,
y las encorvadas gaviotas
montadas en ángeles rubios.



XV Los escarabajos


Los escarabajos en los jardines se mueven lentos,
con la lentitud y la destreza de un oficio conocido
y el estudiado ruido que usan para no ser comidos ni carcomidos.
Cuando se despertó un hombre sabiéndose escarabajo,
perdió el mínimo vital del cuidadoso insecto,
seguramente gritó, aunque no está escrito,
y el oscuro gato familiar crujió sus alas,
mordió en el oscuro vuelo de quien nunca quiso
ni estar muerto ni estar vivo.



XVI Amor


¿Qué palabra, siendo la más hermosa,
está cosida a mi alma como la palabra siempre?
¿Será entonces como la lluvia incontenible de mis lágrimas,
o sólo será mi muerte?



XVII Los parques del Grao


A todo lo enorme,
su inmensa avenida subió las grandes columnas de la luz,
hasta la oscuridad total que en su ancha frente
posos como de aire oscuro sobre sus aguas amansa;
nada lo altera, ni su mudez primera,
antes del pensamiento,
ni el apartante aire con que dureza
miró su modo antiguo de salivar las piedras
y ponerlas a brillar al sol,
para que al sol salieran sus desiertos.



XVIII La burguesía


Duele la blanda voz de corcho en las paredes,
el rancio rencor de las rosas secas en el aparador,
duele la luz de la apagada lámpara secreta,
y en el acuoso dolor con que se derramó el agua,
la mancha de semen mustio en el uniforme de la criada,
con dos dedos de polvo en su frente,
y yo mismo me duelo de un enconado dolor,
metido como estoy en el cajón de un repostero viejo,
entre cubiertos de plata y nubes de algodón en rama;
hasta las tres horas post mortem de mi reloj,
que sonará dolosamente sus viejas alas de moscardón.



XIX Los cerros de San Nicolás desde la Alhambra, o la Alhambra desde San
Nicolás


Si un loco te mira, desde tu muralla
un duro dolor te parte la frente en dos,
y huido de aquel cristal que el loco desdeña,
el arco en media punta que a tus sueños guarda
cualquiera de tus pensamientos dejará al descubierto;
el loco ha triunfado:
si eres bella, porque pareces bella;
si eres mansa, porque pareces mansa.
A pleno sol, hundido el sol ante tu hermosura,
un aire como robado de tus flores,
ni dirá tu nombre, puesto que es celoso antes que amante.



XX Nada


Si das y no das,
y además me das
me es igual,
pero no es igual;
y si a la tarde,
en otra tarde,
otra boca me besa,
le levantaré las faldas
al pasar por mi lado
y pisando del aire
su ligereza
cuando vuelva a mirarte
te miraré como a nueva,
sin recordarme
que te tengo manida y resabida
en mi poesía vieja.



XXI Siempre por delante


Nunca llegó el árbol desnudado
a su desnudez total,
ni su sombra estuvo siempre de tu mano.

Por llegar,
a lo alto de tu cielo
crecieron grises
las palomas de mi pensamiento.

¿Qué me empuja entonces a derribarte, amor,
si te tengo puesta por delante siempre?



XXII De los frutos de Granada


De los rosados frutos de la más mora vi.
y al rubicón de amor pasé, después de amargo;
hartura de esa mar me fuera poca;
puesto que he sido puesto en ti,
y antes de ti fuí puesto pintiparado,
con el mugriento saco al hombro vengo a llenarlo
de todas tus maldades, puestas al peso,
mercader vengo de amor:
si comí de amor en un espléndido plato
en ese plato por amor he sido devorado.


fine
Gandía y Madrid, 17 de Octubre de 2003
©2003

 

 

 

OTROS POEMAS

 

 

 

El poema de Gandía

 

¡ Ay mar, qué bien suenas, en mi dolor, tan grande,

tan hondo y tan pleno en tu mover las aguas,

tan profundo y tan bello, tan solo y perfumado!

 

¡Ay noche, qué bien escondes mi dolor, entre tus sombras,

tan hondo en el cristal que yo te miro,

tan profunda y tan bella, tan sola y encumbrada!

 

¡Ay vida, que dueles con mi dolor, que nunca acabas,

tan honda es la historia que me has escrito,

tan cercana e invisible, que jamás la sabré, pues nada sé!

 

 

 

Por el barco va una mar

 

Por el barco va una mar sembrada de luz y sueño,

caminos van a un lugar en que me dices te quiero,

oh noche tan trastornada pintada verde en luceros,

la luna está desviada, las nubes como encontradas

y en clara luz los cristales se atraviesan de recuerdos;

 

por el barco va una mar vestida de sentimientos,

se dibujan sus espumas y se borran en el viento,

se oye el runrún remero asomándose a sus cuitas,

en forma de caracolas con toda la mar medita,

sobre peinados de algas, las madreperlas se irisan;

 

por el barco va una mar azuleada y muy lenta,

lleva collares de lágrimas y olor a vino y a menta,

acerolas de tu boca que entre mi boca se encuentran,

lirios que tiemblan de puros, con espasmos de tormentas,

olas que se van y vienen y espumajos de tinieblas.

 

 

Los anillos

 

La substancia dorada del sol y de la tierra

que gravita en las nubes y en el plácido azul,

la que lleva fragancias de dulzuras y de frutos,

se levanta bien pronto y nos ciega de luz;

es alegría que nace de nuestras cosas bellas,

la memoria que oculta en un velo de tul

la mirada aturdida que perdió los recuerdos,

todo lo que hizo buena a nuestra juventud;

es el aire que llena los espacios más anchos

que parece venir más allá de inquietud,

que levanta sus faldas y nos lleva a sus prados,

la unidad de lo bello, primicia de la virtud.

 

 

Autorretrato

( Con santo y seña, con dolor y con amor)

 

Escribo al ser con santo golosino,

al dorado sol y al néctar de la vida,

escribo al mar, que nunca fue destino,

como si el mar me amara o me fuera en ello la vida.

Y no es así, así no soy y pienso que así soy,

no soy del mar, del mito o de los muertos,

soy un hombre sencillo, tal como voy,

no me llamaron del más allá ni de los puertos.

 

Con aire, en nada, con el fulgor quebrado,

esposo juvenil de sueños rotos,

ninguna herida se ha abierto en mi costado,

no cazo hombres ni al alma pongo cotos;

soy un hombre solo y ahora que lo pienso

solo me encuentro a mí y más pequeño,

por no ser soy, y fue todo mi empeño,

el pequeño cantor de un mundo inmenso.

 

 

La canción de la nostalgia

 

Violeta el mar donde la dicha muere,

donde tiemblan y se estremecen mis sentidos,

donde se ahogan mis penas y mis olvidos,

donde miro este lugar solo por verte;

oscuro es el cielo de mi noche única,

donde estoy traspasado por el frío,

donde vuela un amor que no fue mío,

donde busco la estrella de mi musa;

árido es el viento en la seca estepa,

tan larga y ancha de soledad ocupada,

remolinos de la pena que me llevan

por parajes que se alzan en mi alma;

blanca y temible me mira la montaña,

que la nieve mostró su corazón helado,

donde fulge el sol que parece apagado

de tanto como falta el sol que amaba;

la calle se entromete con mis pasos,

también camina a mi lado, junta,

suena como infierno, ahumada marabunta,

del mundo ajeno, el compañero extraño;

violeta el mar donde la dicha muere,

donde muero yo todos mis días,

donde tú y solo tú estás en mi poesía,

tan triste el modo con que el amor me tiene.

 

 

Te quiero

 

Te quiero con el mar que aún se queda en tu ropa,

con la presencia verde de tu mundo sutil,

te quiero como la rosa que aún aflora en tu cuerpo,

con la luz, con los ojos, más que me quiero a mí,

no hace falta me digas que tú me estás queriendo,

ni te esfuerces por verme, ni que me ames así,

yo te quiero y renuncio a que tú me quieras,

me basta con yo quererte, yo te quiero porque sí.

 

 

El Monte

 

Oh gran monte subido de lo que no soy,

de praderas plantado, de muchas nubes besado,

gran montaña oscura del tiempo que pasó,

por donde suben mi añoranza, los lejanos sueños-

un hombre dormilón la vida la pasa durmiendo-

con sus caminos quebrados, que adelgazan en sus cumbres

y que se pierden a la vuelta, que lo rodean desde el suelo;

¡ oh gran monte oscuro de mentiras repetidas!

de mis palabras derramadas sin vigor ni fundamento;

una hermosa montaña me habéis construido

de aquello que pude ser y que no soy,

que nunca fui, por elegir el mal camino de lo bueno,

el agrado de la música, la súbita inspiración de la indolencia,

también la mala suerte, suponiendo que la suerte alguna vez fue buena;

todo lo que no soy ahora es un monte, un monte oscuro.

 

 

El mar

 

Aquello que más admiro es lo que me decepciona,

las dos cosas al tiempo se mueven a la vez,

tranquilas o empujadas no dejan de meterme

en unas aguas frías o me lo parece a mí.

 

 

Los desprecios

 

Desprecian tu mar rugiente, el tiempo ocioso,

el cielo tan colorido de rojas sombras,

la tierra, que por ser de tierra es muy decente,

tus sueños que son capullos de tiernas rosas;

desprecian los sentimientos y tu alegría,

la venturosa dicha de ser gozoso,

desprecian tu humildad del tiempo adversa,

la generosa fuente de tus dos ojos;

desprecian la coloría de estar tan vivo,

de ser la humanidad, hoy claudicante,

son ellos la verdad aunque es mentira,

que los desprecios son ignorarte;

deja que te desprecien pues siempre fallan,

huelen como los perros lo más caído;

sube por las laderas del sol triunfante

que aunque te lo desprecien les ha vencido.

 

 

El árbol

 

Un árbol para mí no es una fiesta,

aunque festivo mueva sus ramas y sus frutos,

un árbol para mí no es una meta

aunque el árbol entiendan lo mejor del mundo.

Es sobre todo un ser callado e inocente,

que tan valiente es que a nada huye,

el primitivo ser con alma de querube

que todos llevamos dentro y que nos quiere.

Vive de la nada que es vivir de la tierra,

y de la poca agua que buscan sus raíces,

del agua que llovió a todos los infelices

que árboles fueron del bosque que los entierra.

Es nada, y es tan bello, con el fondo de cielo,

que quisiera pintarlo solo para moverlo

y que viera el mundo que solo sabe hacerlo

padre de todos, bonancible y lelo.

 

 

De la mano del río

 

Yo vine con un río de la montaña,

con mi río bajé por precipicios,

con su agua me harté de tantos vicios

que son más del río que del que baña.

Llegué al prado, en mucha flor florido,

al verde lupanar del sol, ocioso,

osé en amor hasta acabar vicioso,

en otero vulgar, lindo y perdido.

Bajé por torrenteras muy ruidosas,

delincuente me hice en decibelios,

grité en el fútbol, callé mis evangelios,

ni amé a enemigos, ni rechacé a hermosas.

Fiero y espumoso fui por pedregales,

tan duro amé que acabé sin juicio,

llené mi fango, tallé mi precipicio,

hartito de acoger todos los males.

Y aquí me tienes, ya mudo y lago quieto,

espejo de los cielos que pintan en mis aguas,

a punto de morir del mar en las enaguas,

cansado y viejo, y a la postrer discreto.

 

 

La tristeza

 

La tristeza es un puñado de tierra derramada

que a la tierra vuelve desde un soplo,

una flor que tiene la color secada,

una mirada al mal, del alma escoplo.

Cuando el sol muere y muere su melodía,

en el fulgor inexorable de la muerte,

vuelve la tristeza con sus manos de alegría

a morirlas también de misma suerte.

Y el dolor, que es como la noche,

tan negro y denso y en su lugar matando,

invade lo rincones del reproche,

y deja al cuerpo por su maldad penando.

 

 

A la vera de mi vera

 

Aquí la mar, el músculo y la playa,

el corazón cargado de alegría,

el portal de mi puerta, llenado por el sol,

frente a la gran ventana abierta de la huerta;

aquí mi consonante pura, frente al mundo,

frente a la mala bestia que me mira de reojo,

mi ser, mis sueños, mi elemental modo

de vivir diariamente sin tapujos;

 

Yo vivo en mi rincón plantado,

árbol soy del mar y cordilleras,

soy de un mar que el tiempo ha secado,

estoy a la vera siempre de mi vera.

 

La noche me guarda otro sol más mío,

más lleno de palabras y de silencios,

más de verdad mi amigo y compañero

que me hace nacer de mi destierro.

Y vuelvo día a día a ser mi yo,

mi ser más nuevo, por el que no ha pasado el tiempo,

me reconstruye a diario, las fiebres quita,

mi apariencia de hombre vive otro hombre dentro:

sale el primitivo hombre, desde la noche,

lleno de salud y de alegría,

me pone el cuerpo para sembrar de día

mi mar, mi músculo y mi playa,

con renovadas fuerzas, mi poesía.

 

 

El agua

 

Dame la claridad del agua y su sino de cristal,

su llanto que sin pena pasa y su alma de metal,

dame los alambres que enredan los versos del más allá,

las palabras, los recuerdos, su sencillez elemental,

que no huele, que no piensa, y que sabe a la verdad,

dame el agua somnolienta que no deja de soñar,

que canta entre veredas y no la calla ni el mar,

que susurra como amiga y no se cansa de amar,

que se levanta sin ruidos y que llueve sin parar,

que todo lo ocupa y entra y se desborda en la paz,

mansa como una cordera, violenta como el vendaval,

dame el agua y su tormenta, es la misma eternidad.

 

 

La paisajes de la lluvia

 

Yo paso de un Otoño a otro Otoño, sin pensar,

no me toca a mí llegar a nada, después de hablar;

oigo canciones; por qué será que me gusta la música

y nada más pensar en ti,

que eres canción de mirlo blanco en los jardines,

un bostezo redondo se me calla en tus piernas de cristal,

mármol mojado;

pero llueve también en otro rincón más alto y escondido

donde tengo un amor que aún no he perdido.

 

No llego a más, aquí me paro,

tomo la pluma y empiezo, como a gritar,

amontonando signos,

muy en silencio todo, muy cansado.

 

 

La Gran Batalla

 

Oh Dios, qué gran Dios detrás de la nube,

detrás de mi infancia detrás de la historia;

qué grande mi mundo do siento batalla,

batalla del río pasando las tierras,

batalla del mar buscando mi patria,

batalla del viento contra la muralla,

y las de los hombres, batallas, batallas;

guerrero por dentro, con alma guerreada,

soy el más pacífico por fuera del alma;

Oh Dios, qué gran Dios detrás de la nube,

detrás de mi infancia, detrás de la historia;

qué grande mi mundo do siento batalla.

 

 

La herida

 

Si en la herida yo deposito un beso,

un beso bellísimo que hacia la mar levante

la blanca figura de una mujer hermosa,

y el viento mueva sus levísimas faldas;

si en la herida yo dejo mis palabras,

que frente a la mar levanten

los besos que dejaron las madres heroicas

en las rosas abiertas de los hijos muertos.

 

 

La luna

 

El caramelo de luna

baña en blanco el pensamiento,

todo es puro sentimiento

desde su alta tribuna.

 

Tan clara y blanca se ve,

completamente sin fuego,

que de frío parece el riego

del nácar de su quinqué.

 

Luna amañada y hermosa,

redonda, triste y serena,

llévate, luna, mi pena,

guárdala, luna amorosa.

 

 

 

La luna

 

Desde la oscura silueta de un ciprés,

la luna pone a la noche de blanco envés;

se pasea algo quieta y malhumorada,

luna llena de cielo, del sol cantada;

sobre la tierra pisa con abalorios,

luna en plata vestida, blancos jolgorios;

la paz de la luna es como un pan blanco,

de azucares y almíbares, sobre su cilanco;

palomita redonda, luna dorada,

escondida en el cielo, luna atrapada;

con colores azules del mapa mundi

hace la luna una capa de titirimundi;

luna, en la noche, presa, absentada,

en el mundo torcido de su mirada;

¡ lléname luna redonda de blanca escarcha,

cáigame luna tu azúcar sobre la jarcha!

 

 

La luna

 

La reina de la noche tan blanca llena

desde el cielo encendido su luz virginal,

la vieja virgen se pasea silenciosa,

dulce y cristalina, jazmín esencial;

redonda como el sol, como el sol navega,

la noche inunda de su luz cenital,

el ejército blanco desde el cielo riela,

jacintos y nardos luna beberán.

 

 

Narciso

 

Blanco, de temblor coherente,

suave como el agua pura,

frío, de fina cintura,

subiendo sobre su muerte.

 

 

Mentiras de la luna

Me mintió la luna con sus pasos oscuros,

su mirada tan blanca, con su cielo azul,

me mintió cuando verde me llenó de jardines,

de sonidos de pájaros, de las flores que puebla,

del olor de sus campos y su bella quietud,

me mintió cuando pisa con sus grises manzanas

las mañanas rellenas de dulcísima luz,

y cuando en la penumbra de calladas esperas,

entre soliloquios de cipreses afilados,

por paseos encumbrados de su alto acimut

como vislumbraba a la eterna belleza

poniéndome en mis manos el tacto de la rosa,

un beso de mis labios, el agua en sus ruideras,

y cuando entonces dijo mi amor eres tú.

 

 

El huerto

 

Un vino rojo aporrea las hojas de los manzanos,

el aire se viste de oro, salido de su letargo,

clara sombra, negro sol, las nubes de rubio estaño,

por el monte los ciruelos cargan ciruelas de encargo,

un riachuelo de tierra seca sus múltiples brazos,

en el pretil de los vientos se oye el canto de los pájaros,

mientras el hombre se agacha y se embebe en su trabajo.

 

 

Poema del agua sonora

 

Dulce y sonora amiga que acompañas,

que vienes alta y morirás profunda,

hermosa levedad de la montaña,

que cantas clara y con tersura juntas;

madre de madreselvas y de juncos,

delantal en los musgos y los helechos,

aromática y tan fresca en tus pechos

para beberte a ti, lo más puro;

por tus veredas el aire se humedece,

lo llena tu fragancia inmaculada,

cristal tu voz que de la piedra arranca

la sinfónica unidad que nos sostiene;

hermana de la luna, prima del cielo,

bondadosa regadora de los campos,

semilla abierta, errática en tus lechos,

fecundas tierras con virginales pasos;

natural es tu enseña y es tu surco

de sequedad el mar que has conquistado,

viajera inquebrantable, lo ha llenado

tu esencia en luna de tu espejo pulcro.

 

 

Los humos negros de las viejas prisiones

 

Ululan las sirenas de las antiguas prisiones,

como en las fábricas del terror y del hollín,

las manos no dejan de encontrar las migajas,

en los bellos oteros tiemblan los alhelíes;

campanas de gloria siembran viejos miedos,

un vino muy amargo se derramó en el mantel;

pasaron los vapores de barcos siniestrados,

los ríos de los hombres no dejan de salir;

una madre no es madre aunque tenga a sus hijos,

ni porque entone a ellos una dulce canción,

una madre no es bella solamente en las fotos,

ni por mirar con ternura, ni por darles su soplo,

si los ríos de sus puentes tiemblan de su amor;

al fin, de España se encontró otros hijos,

los cónsules del miedo se llenaron de horror,

en la mirada oscura abrieron nuevas brechas,

barcos enfilados flotaban de dolor...

 

 

Poema a María

 

La luz de los crepúsculos casi nos roza,

María,

tiembla sobre el pozo, y las sombras de la parra se iluminan,

lo llena todo tu ausencia remontada,

no me acostumbro a tu no ser y quiero seguir hablándote,

quiero oír tu voz cerca de mí, o que se acerquen las rosas

y sentir su fragancia, aunque tú ya no vuelvas.

 

 

Las voces rubias de los coros

 

Por el alba, en azul, vestidos de oscuros oros,

vuelan ángeles trigueños por las alturas del coro,

sus voces son melodiosas y acompañan a los guiítas,

voces de los calatravas, pedúnculos de las risas;

llevan pintados en sus trajes frutos rojos y malva lisas,

arroyos de pitiminí, oráculos y siempre vivas,

oropéndolas trabadas en marfileños aullidos,

campos de, pueblo, Criptana, y forúnculos podridos,

vocecitas de alhelí, camelias dándose tumbos,

ramitas de perejil y una noche de difuntos.

 

 

Toda la vida así

 

En aquellos años yo no me daba cuenta de nada,

flotaba en la alegría, en soledad, con pocos nombres,

la palabra sueño no era prostituta ni hurgaba por mi pecho,

la palabra dolor era más física que una tormenta de Euclides,

todas las palabras escritas tenían algo de indefinición:

la vida se agrietaba al lado mío y yo solo escribía,

escribía tan mal que ahora me duele leerlo.

 

 

Los días pensativos

 

Hay días que me visten de persona

y anudan mi corbata y aprietan mis zapatos.

Son días que bajan los bolsillos hasta tocar los suelos,

no tengo mujeres, ni vino, en la billetera no hay dinero;

me siento huido en la jaula enorme, pisoteado por el aire,

me siento muerto y golpeado en mi pecho,

y nada hay peor que ese modo de mirarme.

 

 

Espinos y alambradas

A los que mueren en pateras

Erial del amor, noche de espinos,

tu corazón lastrado por doce caninos,

doce figuras dulces, llenas de alba,

doce manos abiertas de lirios y agua.


Veo en tus ojos verdes ramos de estrellas

y es la corona al viento tu cabellera,

vistes vientos suaves y entre tus trenzas

caen cascadas de luces, guiños de seda.


Ara de los vergeles, dame tu abrazo,

que quiero morirme pronto en tu regazo;

dame tus pechos y volaremos juntos,


en esta noche tan triste, como difuntos.

Que el alba llegue y nos encuentre Aurora

fundidos en un cuerpo solo y un alma sola.

 

 

Para encontrarte

 

Para decir de ti, para encontrarte,

yo busco en las riberas cosas perdidas,

busco conchas de mar, aves mordidas

por el rubicón de amor, sin ello hallarte;

para cambiar, por ti, mundo y aparte,

escribo con luna llena y nubes vencidas

que no cubren el cielo, que están ardidas

de un corazón quemado solo de amarte;

escribo contra mi mal, sin fe ni parte,

en días cansados y grises, cosas sabidas,

repito el mar, repito lo de otras vidas

que nada son, solo para encontrarte.

 

***

 

LOS VERSOS DE LYRIA

2003

 

1

Oh mar, qué pronto dejaste tus vestiduras azules

Para la bella Lyria, dormida y soñadora.

Sobre tus hermosas aguas se posó el amigo rubio,

Juguetón sujeto de amor,

Y entretuvo sus horas de sueño

Con mordisquitos en las orejas

Y abrazos cruzados en las espaldas.

 

Noche que regalaste la inmensa sombra

Para ocultar a los rostros de los enamorados,

Tú, que miras al infinito como las estrellas

Y te haces de este modo diminuta,

Empequeñeciste a la pareja

Y la ocultaste a la mirada ajena,

Para que fueran un solo individuo amante.

 

Y tú, silencio, más cómplice eres de todos,

Borraste sus nombres y derramaste el cálido sello rojo,

En el sobre de una carta que nadie leerá,

Pues quede dicho que amor es lo vivido en instantes

De toda una vida esperando;

Lo que desata al corazón y al cabo

Desaparece y se esfuma y sin memoria

Sólo como recuerdo queda,

Como un liviano poso

En el profundo pozo del olvido.

 

2

Yo sólo busco la palabra que trasciende,

El verso añejo que con el tiempo queda.

 

3

 

Oh mar, déjame jugar en tus frescas aguas,

Déjame estar enteramente niño, cual me siento,

Cuando mi vida pendía de un hilo,

Cuando mi sangre me pinchaba

Y caía como muñeco desatado

Del alto guiñol que nos anima.

 

Déjame ser grande como tú,

Confundirme en tu fuerza, tener tu empuje ciego

Hacia la tierra, hacia la tierra

El arrastre poderoso

de las ruidosas arenas, y tus carcajadas llenas.

 

Oh hermosa frescura del color de la fruta,

Que aprietas la espuma y la levantas

En geométricas expresiones de matemática esencia,

Al duro costado de la tierra

Embébete en mí y a mí levantes

Como los hijitos se elevan

Con sus sonrisas asustadas

De dueños del cariño.

El mar, niño antiguo que primitivo arranca

Con resacas de estreno y misteriosos cristales.

Llévame arropado entre las faldas,

Tú, vientre maternal, filón inagotable,

Que sostienes y amamantas con tus múltiples senos levantados

Y henchidos para llenar mi boca.

 

Mar que amor convidas,

Con tu hermosa fragancia y dulces besos

En tus montañas efímeras y verdes

Del salado gusto sobre mi boca y lengua.

Mar de los abrazos interminables

Que nos rodean hasta el cuello

Y nos dejan exhaustos y encontrados.

Tú, que levantas tu vuelo,

Y al tiempo conquistas la tierra

Reclama la unidad de tus aguas,

Llévame en volandas contigo al fondo

Del inmaculado mundo derruido,

A los escoriales profundos llenos de polvo

Y de silencio trascendentes,

Donde la claridad del sol se hace opaca,

Y la posas con frialdad.

 

 

 

fin

 

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©José Mª Torres Morenilla